Encuestas de opinión pública lo revelan. Está muy extendida la percepción de que los chinos aprovechan para su beneficio los avances tecnológicos logrados por otras naciones. Se cree que adelantos científicos, inventos e innovaciones son copiados o sustraídos sin remordimiento alguno, siendo vistos por las empresas y el gobierno de China como un mecanismo legítimo de alcanzar y superar a los países occidentales desarrollados. Y es significativo que esa opinión prevalece no sólo en esos países del primer mundo, sino también en países emergentes y subdesarrollados. Es evidente que a ese respecto los chinos tienen un problema de imagen, al cual buscan darle solución.

En la Feria Industrial Internacional de China, celebrada en Shanghái a mediados de septiembre pasado, fueron notorios los intentos por destacar los avances técnicos obtenidos por los propios chinos. Los ejemplos fueron diversos e impresionantes. Un sistema muy confiable de navegación satelital con procesadores hechos en China. Un submarino no tripulado capaz de maniobrar a profundidades de más de diez kilómetros bajo el agua. Un equipo de resonancia magnética basado en la inhalación y detección de gas xenón. Ésos y otros adelantos fueron exhibidos, premiados y presentados como prueba de la capacidad tecnológica del país.

Es improbable, no obstante, que tales intentos hagan cambiar la opinión acerca del comportamiento chino. Contribuye a fortalecer esa opinión la idea de que los estudiantes, delegaciones y misiones de China en el extranjero, apoyados por hackers auspiciados por sus militares, son como una especie de ejército dirigido centralizadamente, cuya misión es conseguir, transmitir o llevar para allá cualquier modelo o información que pueda servir a sus propósitos.

Pero aunque esa opinión está muy generalizada, no hay igual consenso en cuanto a qué puede hacerse al respecto, tomando en cuenta que impedir la difusión del conocimiento es muy difícil en sociedades democráticas.

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