Variantes incómodas

La pandemia del siglo pasado, propagada por las hostilidades de la Primera Guerra Mundial, ha sido asociada con España debido a que fue inicialmente identificada allá. A pesar de que no se originó en ese país, el nombre de fiebre española que se le dio en ese entonces persiste hasta nuestros días. Afortunadamente, en esa época el turismo no era todavía una fuente tan importante de ingresos para España, como llegó a ser posteriormente liderando Europa a ese respecto. De haberlo sido, hubiera quedado severamente golpeado por el origen español asignado al virus.

No hace falta, sin embargo, que un país sea receptor de numerosos visitantes foráneos para que no desee que su nombre esté relacionado con una calamidad, y esa renuencia se aplica también a regiones y pueblos dentro de un país. El COVID-19, por ejemplo, es conocido como el virus chino, expresión muy usada por el expresidente Trump como parte de su ofensiva contra el avance de China. Y aunque el turismo procedente del extranjero no representa un porcentaje significativo de su PIB, los chinos se han empeñado en atenuar esa conexión con sus programas de asistencia sanitaria a naciones emergentes y subdesarrolladas.

Pero el asunto de las variantes puede ser aun más incómodo. Más que por su origen inicial, el virus es ahora vinculado con los países donde surgieron nuevas variantes. Las más notorias son, por supuesto, las más transmisibles y mortales, como han sido la inglesa, la sudafricana y la brasileña. Y, más recientemente, la de la India.

Desde el punto de vista de la opinión pública, haber servido para que emerja una variante nueva y peligrosa implica algún nivel de responsabilidad, dado que esas variantes usualmente surgen en lugares con muchos casos graves y mal atendidos. El gobierno de la India, en ese sentido, ha instruido a los medios sociales como Twitter a que remuevan de sus páginas cualquier referencia a la variante india, la cual calificó como una atribución totalmente falsa.

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