A medida que la globalización de las actividades económicas fue ganando fuerza, y su realidad quedó claramente en evidencia, uno de los vaticinios en torno a sus posibles consecuencias fue la progresiva desaparición de las zonas de influencia.

Delimitadas usualmente por consideraciones geográficas, esas zonas definen áreas con las que las grandes potencias del momento conciben tener una vinculación especial. No una relación entre iguales, sin embargo, sino una en la que los países ubicados en la zona dependen de la potencia en cuestión en aspectos económicos, políticos y militares. Los poderes coloniales configuraron sus zonas por vía de la exploración y la conquista, y más recientemente tanto la Unión Soviética como los EE.UU. también tenían las suyas. Había excepciones, como Cuba para los EE.UU. y Yugoeslavia para los soviéticos, pero no era fácil escapar de una zona o ignorar su influencia.

Una reedición de las áreas de influencia se confecciona ahora, y son los EE.UU. y China las principales potencias que la protagonizan, pero la globalización ha variado el contexto en que su conformación tiene lugar. El alcance global de las actividades económicas significa que el factor geográfico ha perdido vigencia a ese respecto, lo que permite segmentar las zonas según el tipo de vínculo de que se trate. Australia es un ejemplo de ello. El comercio con China es fundamental para la economía australiana, pero en el aspecto militar el gobierno australiano se ha alineado con los EE.UU.

Puede ser, por lo tanto, que más que eliminar las zonas de influencia, el efecto de la globalización sea dividirlas, haciendo posible que un país pertenezca a más de una. No obstante, la estabilidad y la permanencia de esas vinculaciones múltiples, segmentadas por tipo de relación, puede ser frágil. Habrá que ver si la conexión política y militar no genera presiones que impidan su coexistencia con la vinculación económica, forzando la unificación de ambas en la misma zona.

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