Estímulo persistente ha mantenido el crecimiento global

  • Afortunadamente, los responsables políticos han creído más en lo que ven sus ojos que en sus teorías
$!Estímulo persistente ha mantenido el crecimiento global
Mantener la demanda es importante

“El remedio adecuado para el ciclo comercial no se encuentra en abolir los auges y, por lo tanto, mantenernos permanentemente en una semi-depresión, sino en abolir las depresiones y mantenernos permanentemente en un cuasi-auge”.

Así escribió John Maynard Keynes en 1936. Más de 80 años después, su insistencia en que los gobiernos debieran continuar estimulando la demanda, incluso durante un prolongado repunte, es nuevamente relevante.

La lenta y prolongada recuperación de la crisis financiera de 2008 ha mostrado que las preocupaciones de que el estímulo de la demanda había agotado su propósito y que debería de reducirse, han sido prematuras. Entonces, ¿que hemos aprendido? Las lecciones son notablemente similares en todas las economías avanzadas.

Lo primero que hemos aprendido es que el estímulo de la demanda funciona. Esa simple observación se enfrenta a una sorprendente resistencia. Pero aquellos que rechazan el estímulo porque la economía todavía está en crisis y porque la inflación está por debajo del objetivo están malentendiéndolo. El hecho es que una persistente política expansiva — un estímulo monetario por doquier y un estímulo fiscal en EEUU y en algunos otros lugares — ha mantenido el crecimiento durante mucho más tiempo del que duran las recuperaciones económicas típicas, y más estímulo ha tendido a coincidir con más crecimiento.

Esto ha reducido el desempleo y ha creado más empleos de los que los observadores pensaban que eran posibles de manera segura. La “curva de Phillips”, la cual advierte acerca del aumento de la inflación cuando los mercados laborales se vuelven demasiado competitivos, ha estado inmóvil.

Lo segundo es que, cuanto más se expande la demanda, mayores son los beneficios para los menos afortunados. Quienes se encuentran al margen del mercado laboral generalmente se ven afectados primero, y de peor manera, durante una recesión. Por el contrario, es sólo cuando la economía se mantiene en el “cuasi-auge” de Keynes que los lleva a niveles aceptables de desempleo y de crecimiento salarial.

En EEUU, según investigadores asociados con la Reserva Federal estadounidense, “cuando la tasa de desempleo de los de raza blanca aumenta en 1 punto porcentual, las tasas de desempleo de los afroamericanos y de los hispanos aumentan en mucho más de 1 punto porcentual, en promedio”. En un artículo reciente, los investigadores descubrieron que cuando los mercados laborales son particularmente competitivos, esta ventaja adicional para los grupos marginados se vuelve aún más fuerte. En este sentido, el estímulo agresivo de la demanda se vuelve más, no menos, beneficioso cuanto más dura.

Este fenómeno se puede observar en muchos de los números e historias que describen el estado actual de nuestras economías. En EEUU y en el Reino Unido, el reciente crecimiento salarial ha sido más significativo para aquellos a quienes se les paga menos. En gran parte de Europa, actualmente más que nunca antes, una mayor proporción de la población tiene un empleo. Abundan las anécdotas sobre aquellos que antes se daban por perdidos — como, por ejemplo, los exdrogadictos y los exprisioneros — y que ahora no sólo son contratados, sino que son capacitados por los empleadores, los cuales están teniendo dificultades en llenar los puestos vacantes, para que se ganen la vida.

Tenemos derecho a tener esperanzas de que haya una tercera lección: que el patrón histórico de aumento de la productividad durante un repunte también llegará en esta ocasión. La razón de la productividad procíclica es que un robusto crecimiento de la demanda crea incentivos para que las empresas hagan más con los mismos recursos una vez que se les dificulta expandirse simplemente contratando a más empleados.

Hemos tenido la suerte de que numerosos responsables políticos, especialmente los banqueros centrales, han estado más dispuestos a creer en lo que ven sus ojos que en sus teorías. Ellos han visto que sus políticas han funcionado por más tiempo de lo anticipado. Ellos han notado los resultados positivos, a menudo destacando la falta de presiones inflacionarias, los beneficios de incrementar la cantidad de empleos para aquellos en los márgenes, y la posibilidad de que la capacidad de oferta se ajuste para satisfacer las presiones de la demanda.

Debido a esta sensibilidad a la realidad económica, el fin del estímulo de la demanda se ha pospuesto numerosas veces. Sin él, más responsables políticos habrían causado desaceleraciones o recesiones innecesarias, como lo hizo la eurozona endureciendo la política fiscal y monetaria en 2011.

Pero evitar errores no forzados no es suficiente para una sensata formulación de políticas. Como mínimo, las experiencias de la última década requieren una actitud mucho más tolerante ante el estímulo, ya sea de los ministerios de finanzas o de los bancos centrales. Mejor aún sería formalmente incorporar estos datos en la formulación de objetivos de política, ya sean los mandatos de los bancos centrales o las reglas para los presupuestos gubernamentales.

En la práctica, esto pudiera significar al menos tres cosas. Una sería aumentar la carga de la prueba para reducir el estímulo alegando que la economía ha alcanzado su capacidad máxima. Eso evitaría un endurecimiento prematuro, así como la posterior necesidad para una relajación.

Otra sería cambiar el enfoque de cómo se desempeña la economía en promedio a cómo se desempeña para aquellos en sus márgenes. Las tasas de inflación y de desempleo para toda la economía podrían complementarse teniendo en cuenta explícitamente el desempeño del mercado laboral y de los salarios en relación con los grupos vulnerables, intercambiando una mayor tolerancia al riesgo general de inflación con mayores beneficios anticipados para quienes a menudo son dejados de lado.

Una tercera cosa que pudiera significar es que el efecto de la presión de la demanda en el crecimiento de la productividad pudiera incluirse explícitamente en los pronósticos.

Tales pasos pudieran introducir un sesgo inflacionario, pero sólo si no existiera el riesgo de dejar sobre la mesa la capacidad económica no utilizada. Pero, como lo han demostrado los últimos años, ese riesgo es real. En la década de 1980, la teoría económica llegó a la conclusión de que una política macroeconómica responsable requería que los responsables políticos adoptaran una postura más dura que los votantes. Hoy en día, necesitamos lo contrario.

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