El problema no es la escasez de alimentos, es la pobreza
Los analistas señalan el aumento del desempleo asociado con el coronavirus

Las alusiones a la escasez de alimentos relacionada con el coronavirus han aumentado en las últimas semanas. Es fácil imaginar que una escasez de alimentos se asemeje a las hambrunas bíblicas, las cuales parecían implicar la destrucción total de todos los cultivos, usualmente a causa de hongos misteriosos y plagas de langostas.
Lo primero que hay que decir es que nadie alega que no hay suficiente comida en el planeta en conjunto; a nivel mundial, no hay escasez. Las relaciones existencias-utilización mundiales — un parámetro que refleja el excedente de alimentos según lo calculan los economistas del Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias de Washington (IFPRI, por sus siglas en inglés) — se mantienen por encima de los niveles promedio durante las últimas dos décadas.
Aun así, los analistas advierten que la cantidad de personas que enfrentan inseguridad alimentaria podría duplicarse en 2020 en comparación con el año pasado. Fundamentalmente, esos analistas, entre los que se incluye el Programa Mundial de Alimentos de la ONU, dicen que la causa sería principalmente el aumento del desempleo asociado con el coronavirus. El problema no es la escasez de alimentos, sino la pobreza.
A principios de la década de 1980, el economista ganador del premio Nobel Amartya Sen cuestionó la teoría de que la disminución en la cantidad de alimentos era la causa de las hambrunas. Alegó que las hambrunas ocurrían cuando las personas no podían acceder a esa comida, generalmente porque el precio había aumentado a más de lo que algunas personas podían pagar.
En estos tiempos de coronavirus, algunos gobiernos creen que las políticas comerciales restrictivas son la respuesta a sus temores sobre los alimentos, y están imponiendo prohibiciones y controles sobre las exportaciones de alimentos con la intención de acumular suministros nacionales. Tailandia ha restringido la exportación de huevos, Turquía ha controlado la exportación de limones y Serbia está protegiendo a sus confinados panaderos restringiendo la exportación de sus reservas de levadura (junto con su aceite de girasol y melaza). Según un nuevo “rastreador” del IFPRI, alrededor de 10 países han introducido restricciones a las ventas al extranjero de granos o arroz desde marzo. Ninguna de estas medidas son realmente gran cosa. Pero sí forman parte de una tendencia preocupante.
Will Martin y Joe Glauber, del IFPRI, sostienen en un documento reciente que imponer restricciones a la exportación de alimentos podría elevar los precios a nivel mundial. El hecho de que un país exportador restrinja sus exportaciones hace que otro lo imite. Mientras tanto, los países importadores reducen los aranceles y comienzan a intentar desesperadamente comprar más alimentos restringidos, lo cual eleva los precios. Se estima que esta dinámica provocó aproximadamente la mitad de los aumentos de precios del arroz en 2007 y 2008. Alegan que restringir el volumen de cualquier exportación agrícola también puede provocar volatilidad de precios dentro del país exportador, porque factores tan incontrolables como el clima pueden cambiar drásticamente la dinámica de la oferta y la demanda.
La Organización Mundial del Comercio (OMC) está trabajando en esto. Esta semana, Bloomberg informó que la OMC estaba intentando persuadir a los países para que aceptaran (de forma no vinculante) no imponer restricciones comerciales a los alimentos. El martes, los ministros de agricultura del G20 parecieron haber llegado a la misma conclusión, pues emitieron una insulsa declaración diplomática prometiendo “protegerse contra cualquier medida restrictiva injustificada”, y añadiendo que, si deben introducirse medidas restrictivas, deben ser “focalizadas, proporcionales, transparentes y temporales, y no deben crear barreras innecesarias al comercio o trastornar las cadenas mundiales de suministro de alimentos”.
El argumento más simple para mantener el comercio de alimentos libre de restricciones sería que el comercio permite que los alimentos se trasladen de partes del mundo donde hay más que suficiente hacia partes donde no hay. Ésta no es la solución completa para las personas en los lugares más pobres del mundo que no pueden pagar los alimentos. Se tendrá que hacer aún más, y los gobiernos probablemente tendrán que intervenir aún más para garantizar que los ciudadanos puedan adquirir bienes esenciales. Pero la aparente oposición a detener el movimiento de los alimentos es un comienzo.
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