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Etiopía enfrenta su “momento Tiananmén”

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Etiopía enfrenta su “momento Tiananmén”
Frankfurt,Germany.Ethiopian Airlines (FOTO SHUTTERSTOCK.)

Alarmado por una ola de protestas, el régimen ha respondido como lo hicieron los chinos en 1989: con balas.

Es un hecho sorprendente, pero durante décadas Etiopía ha sido considerado como uno de los países más exitosos de África. Todavía asociado en gran medida en el Occidente con una hambruna de escala bíblica — un vestigio de la terrible hambruna de 1984 — para quienes saben de África, Etiopía es un notorio ejemplo de un Estado que ha logrado poner en orden sus asuntos. Desde 1991, después del derrocamiento de la desastrosa dictadura marxista de Mengistu Haile Mariam, la segunda nación más poblada de África ha sido dirigida como un “Estado de desarrollo” estrictamente autoritario, pero en gran medida efectivo, siguiendo el modelo de las naciones del noreste de Asia exitosas, particularmente el de China.

El partido gobernante, el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope, es una coalición cuasi socialista dominada por el Frente Popular de Liberación de Tigray que, como en China, ha fusionado al Estado con el partido. También, al igual que en China, se ha aprovechado de su casi absoluto monopolio del poder para desarrollar a la nación — que tiene un vigoroso sentido de su distintiva cultura — mediante la construcción de carreteras, presas y zonas de libre comercio.

Cuando se termine la Gran Presa del Renacimiento de Etiopía, la más poderosa en África, el país será autosuficiente en materia de energía. Su incipiente sector manufacturero se considera un prototipo para un continente que tanto necesita extenderse más allá del envío al exterior de materias primas no procesadas. Etiopía ha atraído significativas inversiones — provenientes de China, Turquía y EEUU — hacia sus industrias del calzado y de las prendas de vestir. Incluso Ivanka Trump está considerando trasladar la producción de su línea de calzado femenino de China a Etiopía.

Los resultados han distinguido al país. Oficialmente, el crecimiento ha promediado un 9.1 por ciento desde el año 2000, y ha superado el 10 por ciento en ocho de esos años. Incluso si el cinismo nos impulsa a quitarles uno o dos puntos porcentuales, Etiopía se ha estado expandiendo a un ritmo similar al de China. De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), el ingreso promedio per cápita, medido en paridad de poder adquisitivo, se ha cuadruplicado desde 2000, a US$1,916 de US$517, con ganancias igualmente considerables en asuntos de salud y de expectativa de vida.

Sin embargo, la gran historia de éxito de África está atravesando su ‘momento Tiananmén’. Alarmado por una ola de protestas sin precedentes que ha unido a las fuerzas de oposición a través de diferencias ideológicas y étnicas, Etiopía ha respondido como lo hizo China en 1989: con balas. En el transcurso de un año, según su propia admisión, las fuerzas de seguridad han matado a más de 500 personas, entre ellas las 55 o más que murieron en un festival religioso la semana pasada. Mientras tanto, miles de personas han sido intimidadas y encarceladas. Esta semana, Addis Abeba declaró un estado de emergencia de seis meses, el primero en un cuarto de siglo. Esto le otorgará poderes aún más draconianos para imponer toques de queda, censurar información y arrestar gente. La severidad de la respuesta muestra cuán atemorizado está el gobierno. Los manifestantes han tomado como blanco a las inversiones extranjeras, incluyendo una fábrica textil turca y una mina propiedad del multimillonario nigeriano Aliko Dangote, poniendo en peligro el programa de desarrollo, el cual depende de la proyección del país como un lugar estable para hacer negocios.

El descontento fue galvanizado por una expansión propuesta por Addis Abeba, la capital en proceso de rápida transformación, a tierras de cultivo circundantes perteneciente a los oromos, el mayor grupo étnico. Pero las raíces de la rebelión son más profundas. Lo que se está desarrollando es una reacción en contra de lo que muchos consideran la dominación del aparato estatal por los minoritarios tigrays, que representan sólo el 6 por ciento de los 100 millones de habitantes de Etiopía. Eso deja a otros grupos, principalmente a los oromos (32 por ciento) y a los amharas (30 por ciento) al margen.

Etiopía no es como la mayoría de los países africanos que fueron formados a la ligera por descuidados colonizadores. Etiopía — uno de los centros de cristiandad más antiguos del mundo — tiene una historia que se remonta al menos al reino de Aksum durante el siglo I d.C. Eso hace que la dominación ejercida por el grupo de los tigray sea diferente de las rivalidades étnicas que siguen una mentalidad de “es nuestro turno para comer” que moldea la política en la mayor parte de África. “Los tigray creen que ellos han creado este modelo de la Etiopía moderna y que debieran poder llevarlo a cabo”, declaró Clionadh Raleigh, una experta en África de la Universidad de Sussex. Lo que convierte a los disturbios en una amenaza potencialmente existencial para el gobierno es que ha unido a los oromos y a los amharas, dos grupos que normalmente son reacios de abogar por una causa común.

Parece como si este impresionante experimento de Etiopía para crear un estado de desarrollo estuviera desafiando sus límites. Lo ideal sería que el gobierno respondiera disminuyendo su control autoritario con el fin de darles cabida a los diferentes grupos que se sienten excluidos de las disposiciones actuales. Por desgracia, quienes dirigen el país probablemente tomarán unas decisiones muy diferentes. Ellos nuevamente usarán a China como fuente de inspiración y verán 25 años de crecimiento en el período transcurrido desde la matanza de la Plaza Tiananmén. Desde ese limitado punto de vista, la lección será muy clara: suprimir y seguir adelante.

Por David Pilling (c) 2016 The Financial Times Ltd. All rights reserved