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Mercados le han enseñado a Theresa May una dura lección sobre la soberanía

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Mercados le han enseñado a Theresa May una dura lección sobre la soberanía
Theresa May, la primera ministra del Reino Unido. (FOTO DE ARCHIVO)

El gobierno británico aprenderá acerca de los límites del control en una economía abierta.

Los políticos proponen; los mercados disponen. La semana pasada comenzó con una declaración de Theresa May, la primera ministra del Reino Unido, acerca de sus planes para el “Brexit”. Los mercados de divisas extranjeros respondieron reduciendo el valor de los activos del Reino Unido. El Reino Unido está decidido a “retomar el control” de su destino. Pero la soberanía formal no significa poder. El gobierno del Reino Unido anuncia sus intenciones. La reacción de terceros determina los resultados.

Los dos discursos de la Sra. May durante la conferencia de su partido la semana pasada hacen parecer que un “Brexit duro”, por un gran margen, será el resultado más probable. Y es así tanto por razones procedimentales como sustantivas.

La razón procedimental es que ella ha decidido desencadenar el procedimiento de salida del artículo 50 de la Unión Europea (UE) a más tardar en marzo del año próximo. Esto les daría la iniciativa a los otros miembros y concentraría las negociaciones en un divorcio que se finalizaría en sólo dos años. Dada la complejidad de la toma de decisiones de la UE, esto representa un período de tiempo demasiado corto para negociar un acuerdo ‘personalizado’.

La razón sustantiva por la que un “Brexit duro” es abrumadoramente probable es que la primera ministra también ha descartado todo menos un acuerdo ‘personalizado’. En sus propias palabras: “Vamos a ser un país soberano totalmente independiente, un país que ya no es parte de una unión política con instituciones supranacionales que pueden anular los parlamentos y los tribunales nacionales . . . Por lo tanto, no va a ser un ‘modelo de Noruega’. No va a ser un ‘modelo de Suiza’. Va a ser un acuerdo entre un Reino Unido independiente y soberano y la UE”.

El procedimiento y la meta que ella ha presentado en la práctica colocarían al país en un calendario para salirse no sólo de la UE, sino de las condiciones preferenciales de acceso a los mercados de la UE de las que dependen los inversionistas, tanto extranjeros como nacionales. Esto sería un “Brexit duro”.

Además, los negociadores comerciales del Reino Unido simplemente no podrían negociar acuerdos de compensación con el resto del mundo. Esto se debe en parte a que tal posibilidad no existe verosímilmente, ya que la UE es el destino de casi la mitad de las exportaciones del Reino Unido. También se debe a que el Reino Unido no se considerará como un interlocutor creíble hasta que se finalice el acuerdo con la UE. Para marzo de 2019, entonces, el Reino Unido probablemente se hallará sin acceso preferencial a ningún mercado.

Sin embargo, la historia no termina allí. La Sra. May también declaró que “si usted cree que es un ciudadano del mundo, usted no es un ciudadano de ninguna parte”. Ella negó la posibilidad de que alguien pudiera ser tanto un ciudadano del mundo como un ciudadano de algún lugar específico. Pero muchos de los extranjeros capacitados de los que depende el Reino Unido se consideran precisamente eso. ¿Por qué desearían permanecer en un país cuya primera ministra parece despreciarlos? La xenofobia también representó una parte importante de la campaña del “Brexit”, no importa lo que afirmen los partidarios del movimiento. ¿Hay alguien que crea que este tipo de lenguaje no tiene ningún efecto sobre los trabajadores e inversionistas potenciales o, no menos importante, sobre nuestros socios de la UE?

Las palabras imprudentes acarrean consecuencias. Las extremas metas del gobierno del Reino Unido ya han quedado claras. Los inversionistas han debidamente reducido el valor de los activos del país en la forma más sencilla: mediante la venta de la libra esterlina. El tipo de cambio real efectivo está cerca de donde estaba a finales de 2008, inmediatamente después de la crisis financiera. En términos de dólares, los índices bursátiles están más bajos que antes del referéndum y también en relación con otros mercados.

Tal devaluación de los activos del Reino Unido era inevitable, y refleja la creencia correcta de los inversionistas de que sus perspectivas económicas han empeorado. Sin embargo, su mal desempeño en materia de exportaciones del pasado sugiere que la depreciación todavía no es lo suficientemente significativa como para generar el cambio necesario en la estructura de la economía que la impulse hacia la producción de bienes y servicios comercializables. Además, es muy probable que los enormes déficits en cuenta corriente actuales sean insostenibles después del “Brexit”. Si es así, el Reino Unido necesitará una enorme disminución del gasto agregado en relación con los ingresos. Es extremadamente improbable que la depreciación por sí sola logre este resultado. Puede que la política macroeconómica también tenga que ser más estricta. Pero un endurecimiento de este tipo es precisamente lo que el Banco de Inglaterra y el nuevo equipo del Tesoro desesperadamente desean evitar.

Sí, es probable que las entradas de capital necesarias para financiar el enorme déficit externo del Reino Unido pudieran continuar, apoyadas por la percepción de que la tierra de la libra esterlina depreciada se habría finalmente convertido en una ganga. Pero más bien supongamos que las entradas cesaran, debido a que los inversionistas se pusieran cada vez más nerviosos por el camino que el gobierno hubiera elegido. La moneda pudiera entonces colapsar. Los rendimientos de los bonos del Reino Unido también pudieran dar un salto. Los legisladores pudieran enfrentar un dilema familiar para las economías emergentes que pierden la confianza de los inversionistas: la necesidad de elevar las tasas de interés y cerrar el déficit fiscal durante una crisis. ¿Es probable? No. ¿La habladuría del gobierno lo está haciendo mucho más probable? Sí.

El gobierno entonces aprendería los límites de la soberanía en una economía abierta. Durante una crisis, lo impensable se vuelve pensable. Desencadenar el proceso del artículo 50, sin la aprobación del Parlamento, pudiera ser imposible. Ciertamente debería ser imposible. Por un estrecho margen, el país votó a favor de algún tipo de “Brexit”. Pero el gobierno no tiene autoridad para ejecutar la más bien extrema versión que está eligiendo. Además, los partidarios del “Brexit” insisten en que su meta es restablecer la soberanía del Parlamento. Entonces ¿por qué planea el gobierno ignorar al parlamento cuando se toman estas decisiones?

Lo que motivó a los partidarios del “Brexit” fue, también se nos dice, “el principio de que las decisiones sobre el Reino Unido se deben tomar en el Reino Unido”. Los mercados de divisas demuestran la futilidad de ese principio. Los socios de Gran Bretaña en la UE están a punto de hacer lo mismo. La premisa de la campaña a favor del “Brexit” era falsa: una serie de decisiones que afectan al Reino Unido siempre se tomarán fuera de él. Pero es poco probable que esta verdad detenga la partida del tren que se dirige hacia un “Brexit” completo según su trayecto programado. Detenerlo requeriría un milagro, o más bien una crisis. ¿Es eso probable? No. ¿Es posible? Sí.

Por Martin Wolf (c) 2016 The Financial Times Ltd. All rights reserved

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