La brújula moral de las empresas

Schumpeter. Algunas ideas para restaurar la confianza en las compañías
Las empresas son los bloques de construcción del mundo moderno. Los Estados Unidos tienen unos 6 millones de ellas, que emplean a 120 millones de personas y controlan activos por valor de $30 trillones. Los mercados emergentes están ganando terreno: el número de empresas chinas aumentó en 80% en el período 2004-08. A nivel mundial 3 millones de nuevas empresas son registradas cada año.
Pero, ¿son las empresas tan buenas para el mundo? Enron y Lehman Brothers no lo fueron. Las debacles corporativas han arrasado la economía mundial: el FMI calcula que la crisis financiera produjo pérdidas bancarias totales de $2 trillones. También resultaron en el colapso de la confianza en los negocios: una encuesta reciente sobre la confianza en las profesiones determinó que los hombres de negocios y los banqueros estaban en el último lugar junto con los políticos.
¿Por qué tantas empresas prominentes han fracasado? En un nuevo libro, "Firm Commitment", Colin Mayer, de la Escuela de Negocios Saïd de la Universidad de Oxford, toma un argumento familiar -que los accionistas tienen demasiado poder- y le da un nuevo giro. Dice él que la idea de que la función principal de las compañías es incrementar el valor de los accionistas descansa en un malentendido de la naturaleza de la empresa. Las compañías no son propiedad de los accionistas de la misma manera en que se es propietario de bienes corrientes. Son personas artificiales con una identidad jurídica precisa. Las compañías no son solo dispositivos para disminuir el costo de las transacciones o agrupar contratos. Son dispositivos para que grupos de personas -trabajadores y administradores al igual que inversionistas- se comprometan a metas a largo plazo.
Considera él que la doctrina de la primacía de los accionistas es particularmente peligrosa cuando se combina con propiedad dispersa. La propiedad dispersa (que con frecuencia ocurre cuando las familias fundadoras venden acciones para financiar el crecimiento) conduce a la separación entre propiedad y control. Los administradores explotan esta separación para su propio beneficio. Los propietarios responden confiando en dos mecanismos - activismo de los accionistas o del mercado para control corporativo.
Mayer está de acuerdo en que la propiedad dispersa produce beneficios. Le provee de liquidez a las compañías, amplía el papel de los administradores profesionales y limita la habilidad de las familias fundadoras para que no descompongan las cosas. Pero le preocupa que los costos también estén escalando. El riesgo de una adquisición hostil con frecuencia disminuye el incentivo de una empresa a invertir a largo plazo. La tentación de comerciar las empresas en lugar de construirlas puede socavar hasta grandes instituciones: observe el descalabro de General Electric Company (GEC) la que una vez fuera una poderosa compañía en Gran Bretaña. La facilidad con que los corredores pueden comprar y vender acciones significa que el destino de las compañías puede ser determinado por personas que no tienen interés en su éxito a largo plazo.
Roger Carr, el presidente de Cadbury, una empresa británica de alimentos comprada por Kraft después de una violenta batalla para su adquisición, señala que "personas que controlaban acciones que habían tenido en su poder solo unos días o semanas determinaron el destino de una empresa que tomó casi 200 años construirla".
¿Puede hacerse algo para limitar el daño de tal comportamiento depredador? Considera Mayer que la responsabilidad social corporativa (RSC) no son más que palabras huecas a menos que cambien los incentivos financieros de las personas que administran las compañías. A él le preocupa que las regulaciones gubernamentales, en el mejor de los casos, tratan las organizaciones diversas como si todas fuesen iguales, y en el peor de los casos, hacen más daño que bien: la Ley Burbuja de 1720, introducida después del colapso de la Compañía South Sea, demoró el desarrollo de las sociedades anónimas en más de un siglo.
Él favorece más una tercera opción - introducir el largo plazo en el ADN de las compañías. Muchas empresas continentales como la alemana TyseenKrupp y Bosch son propiedad, en su totalidad o en parte, de fundaciones que están obligadas a mirar el largo plazo. Alemania solo experimentó tres adquisiciones hostiles entre 1945 y el 2000. Para tanto que se habla del "modelo anglosajón", los Estados Unidos están menos comprometidos con el poder de los accionistas que Gran Bretaña. Los administradores estadounidenses pueden acceder a dispositivos (tales como "píldoras venenosas" y "juntas escalonadas de directores") que les dificulta a los asaltantes adquirirlos. Con frecuencia las empresas de tecnología emiten dos clases de acciones (con derecho y sin derecho al voto) de modo que los fundadores pueden mantener el control. Google se jactó de que esto "dificultaría a los de afuera a adquirir o influenciar a Google".
Mayer desea ir más lejos y crear una nueva clase de compañías - compañías fiduciarias. Estas serían supervisadas por una Junta de Consejeros que serían responsables de equilibrar los intereses de varios grupos de interés y asegurarían que las compañías estén a la altura de sus valores corporativos. Tendrían también acceso a diferentes clases de acciones con diferentes niveles de poder. Los derechos al voto podrían estar vinculados no solo a cuántas acciones se poseen sino también por cuánto tiempo las ha poseído.
Las compañías que mantenemos
La cura propuesta por Mayer es menos persuasiva que su diagnóstico. Las compañías fiduciarias pueden comportarse tan mal como las controladas por los accionistas. ThyssenKrupp, por ejemplo, recientemente fue multada €103 millones ($127.5 millones) por la oficina de competencia alemana por su papel en fijar el precio de rieles de ferrocarril. Mayer elogia al Grupo Tata, que es administrada por un fideicomiso. Bastante justo, pero Tata se tomó décadas en acumular su baúl de guerra detrás de las viejas barreras comerciales de la India. Señala él que los grandes fundadores como Mayer Lehman (de Lehman Brothers) le inyectaron a sus empresas valores que ayudaron a su crecimiento. Las juntas de consejeros, siendo comités, es más probable que produzcan tortillas de RSC.
Mayer guarda su argumento para vincularlo a una petición más amplia de pluralismo corporativo. Argumenta él que diferentes clases de compañías son buenas en cosas diferentes. Las empresas anglosajonas son buenas en tomar decisiones difíciles. Las continentales son buenas en hacer inversiones a largo plazo. Las sociedades son buenas en crear fuerzas laborales leales. Los forjadores de políticas con frecuencia asumen que una forma corporativa es la mejor, y desalientan las otras. Sería mejor que promovieran la variedad, ya que los ecosistemas diversos son mucho más robustos.
Las compañías no son propiedad de los accionistas de la misma manera en que se es propietario de bienes corrientes. Son personas artificiales con una identidad jurídica precisa. Las compañías no son solo dispositivos para disminuir el costo de las transacciones o agrupar contratos. Son dispositivos para que grupos de personas - trabajadores y administradores al igual que inversionistas - se comprometan a metas a largo plazo.
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De The Economist, traducido por Diario Libre y publicado bajo licencia. El artículo original en inglés puede ser encontrado en www.economist.com
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