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Cádiz en mi corazón

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Cádiz en mi corazón

Cádiz es una ciudad que invita a celebrar, tiene el encanto andaluz y el sabor flamenco, dicen que se parece mucho a La Habana. Cuando regresaba en el avión y hacía inventario de las cosas que más me habían impresionado comencé por su alcaldesa Teófila, quien lleva más de 20 años al mando de la ciudad y derecha e izquierda contentos con ella. Es equilibrista profesional y creo que puede dar clases de manejo de ciudades en el mundo. Luego, su gente. Los gaditanos son muy parecidos a los dominicanos y llevan la alegría por dentro y por fuera. Y, sin lugar a dudas, la ciudad a orillas del mar, casi desprendiéndose del continente y queriendo ser isla. Por último y no menos importante, el famoso levante, misterioso acertijo de todos aquellos que habitan este pedazo de la Madre Patria.

Me gusta saborear las ciudades a pie, en guagua o en moto, es la manera de sentir su gente. Eduardo Bable es mi amigo gaditano y tiene moto. Si quieres conocer la ciudad, no hay mejor anfitrión, no solo se conoce los rincones más encantadores, sino la historia y sus secretos.?

–¿Te montas? Sujétate bien y te doy un paseo– me dice mientras me subo a su súper moto. Verás esta ciudad como nunca la has visto–, y con una alegría de niño me dejo llevar disfrutando todo y disfrutando de los comentarios de mi amigo. Acelera, disminuye. Acelera, disminuye. El imponente teatro Falla, la Catedral, el malecón, los pescadores esperando que sus anzuelos recojan algún pez hambriento o distraído... nos detenemos, subimos a las torres para ver desde lo alto la ciudad, escalamos terrazas y todo esto sazonado con interesantísimos comentarios.

–Ahora– me dice –estacionémonos y te llevo a un bar emblemático de la ciudad, muy antiguo, donde podrás probar las mejores manzanillas.?Caminamos por unas callecitas estrechas y llegamos. Ya dos paisanos están en la barra comentando el día.

–Buenas, –digo– Eduardo me presenta y estrecho manos. Quien atiende es el hijo del dueño.

–¿Cuál prefiere?–

–Yo, todas –contesto–. ?

–Pues comencemos por ésta. Cada manzanilla viene acompañada de una explicación. Me dan un paseo y me muestran enormes barriles donde guardan la bebida, así ha sido por años. Llega un nuevo cliente y noto que es ciego. Saluda, se mueve con soltura y me impresiona. Se acerca a la barra y sin titubear bebe su trago?.

–¿Y cómo llegó? –Pregunto bajito a Eduardo?.

–Lo guía el olor– me contesta el dueño –viene todos los días, se toma uno y sigue su camino–.

Una pareja de ancianos, un poquito más viejos que yo, hacen su aparición. Él vestido impecablemente, ella discreta: un moño blanco, y rostro serio. Se ponen a mi lado en la barra, los escucho hablar. Él pide un manzanilla y medio, uno entero para su querida esposa y el medio para él.

–Solo puedo beber uno– me comenta y me guiña el ojo –Soy ex alcohólico– sonríe. ?–La doña se los puede beber todos, y yo apenas bebo–.

¡Por fin habla ella! Entro en conversación, manzanilla tras manzanilla se va animando el momento. Debo felicitarlos, ¿cuántos años juntos me dijeron? ?

–Cincuenta– dice el señor levantando su copa. La doña no levanta la suya. ¿Acepta usted que le invitemos? Me pregunta. ?

–No faltaba más –contesto– soy yo el que debe invitarlos.?

Y brindamos. La pareja feliz se marcha y le comento a Eduardo la alegría que me da ver una pareja de tantos años juntos y celebrando la vida. No hago más que terminar esta frase cuando entra de nuevo la señora al bar y se dirige a mí ?

–Mi vida ha sido un infierno, he regresado a contarle la verdad, este tipo ha sido el peor marido del mundo: vago, sinvergüenza y alcohólico. He trabajado toda mi vida de maestra para mantenerlo. Ahora estoy retirada y he mantenido esta unión por mis hijos, pero ‘sanseacabó’. No quería que usted se llevara la imagen de un santo, me parece un señor bueno y si lo vio bien, ya sabe cómo son los bandidos. Que disfrute su paseo.

Y dicho esto marchó rápidamente. ?Esto es Cádiz –me dice– Eduardo y yo no tuvimos más remedio que, aunque un poco desconcertados y llenos de risa, seguir celebrando.