Catalina tiene una idea

Estoy enfermo, una gripe de esas que nos llegan para quedarse. Dolor en el cuerpo, fiebre, una tos intermitente, deseos de hacer nada y lo único que hago por ratos es sentarme dormitando frente al televisor y dejar que desfilen por la pantalla todos los programas habidos y por haber.
La abuela le dice a la nieta que el abuelo está enfermito y no se debe de molestar.
–¿Qué tiene abuela?
–Un catarro muy fuerte.
Ella la mira, se pone las manos detrás, esboza su desarmante sonrisa con un diente menos y dice:
–Abuela, no hay nada que un buen abrazo no pueda sanar –y corre hace mí con la intención de dármelo.
–No te acerques mucho que se te pega –le digo entre sacudidas de nariz y lagrimeos.
–Eso no se pega así abuelo, además ya con ese abrazo estarás curado y, si me da a mí, tú haces lo mismo y me curas.
La miro y dentro de mi desánimo sonrío.
–Vete a tu casa –le digo–, mañana tienes escuela.
–Tengo una idea –me dice parpadeando mucho.
–Hoy estoy cansado y enfermo, mañana la hablamos y me la cuentas con calma –trato de persuadirla.
–Nada de eso, es muy importante –insiste.
–Abuelo, apaga la televisión y ponme caso. Siéntate bien –me ordena.
Nada que una nieta me pida dejo de hacer si está en mis manos. Venzo mi malestar, aparto el pañuelo que tengo en la nariz, controlo la tos y trato de poner toda la atención en las palabras que Catalina dirá.
–Abuelo, quiero que adoptemos un niño.
Brinco de la silla. La miro detenidamente
–¿Un niñoooo? ¿Que adoptemos un niño?
–Sí, abuelo, tú y yo, un niñito para que lo cuidemos juntos y yo pueda jugar con él.
La tos se apodera de mí, el ojo izquierdo me lagrimea torrencialmente.
–Pero Cata, ¿y de dónde sacaste eso? Eso es muy serio y difícil –le digo midiendo mis palabras.
–No, abuelo, no me digas que no.
–¿Pero tú sabes lo que es adoptar un niño?
Se pone las manitas en la barriga y con cara de lo sé todo me dispara.
–No es un niño de los que se llevan en la barriga –aquí se la toca de lado a lado–, es de los que se buscan.
–Pero, ¿y quién lo va a cuidar? –intentó razonarle–. Tú vas a la escuela y además eres muy pequeña y tu abuelo trabaja mucho y todo el día.
Me mira con el rostro iluminado.
–Ya tengo la solución –me dice muy segura–, le ponemos una niñera.
–¿Una niñera?
–Sí, abuelo, como la que tienen mis primitas, y ella nos lo cuida hasta que regresemos tú del trabajo y yo de la escuela.
–Pero, ¿y de dónde vamos a sacar el dinero?
–Tu tarjeta abuelo, tu tarjeta.
–¿Qué tarjeta?
–Esa con la que tú pagas cuando los domingos salimos a comer.
Estoy aturdido, esta niña va demasiado de prisa, hablaré con sus padres. Respiro profundo, la miro a los ojos y solo se me ocurre decirle:
–Mira Catalina, me gusta mucho tu idea pero vamos a esperar a que seas más grande y luego lo hablaremos.
Me mira con pena, como diciendo, este abuelo no entiende nada, no sabe nada y me dice:
–Abuelo, ¿pero no te has dado cuenta de que ya soy grande? Tengo seis –y diciendo esto esgrime sus seis deditos en el aire.
–Sí, pero tienes que ser más grande. Vete a tu casa y mañana seguimos con esta historia.
–Tú no entiendes nada –le oigo repetir mientras camina hacia la puerta.
De repente se me quita la fiebre y mi carcajada se escucha en todo el edificio.
Ilustración: Ramón L. Sandoval
Freddy Ginebra
Freddy Ginebra