Doña Hortensia, la filósofa de la esquina

Cada vez que puedo escaparme visito a mi vecina de Casa de Teatro, doña Hortensia. Disfruto mucho de sus ocurrencias, su filosofía de vida y la manera como ha enfrentado su existencia
$!Doña Hortensia, la filósofa de la esquina
Doña Hortensia usa unas chancleticas que no se apea nunca.

A doña Hortensia le aprietan los zapatos y por eso nunca los usa. Doña Hortensia es mi vecina de Casa de Teatro; bueno, vive en el barrio y nos conocemos por más de 40 años.

–Mira Freddy –me dice–, estas chancleticas no me las apeo nunca. Ya ni siquiera voy a fiestas donde tenga que ponerme esos firumfullos, ni collares, ni aretes ni nada. A los viejos nadie los mira.

—Un perfumito sí me pongo, vieja y apestosa jamás. Aquí se ríe y se le afloja la caja. Ella sin ningún apuro se la aprieta de nuevo agregando:

—Ya me queda grande, tú no lo crees, pero uno se va achicando con los años.

Mi carcajada brota de inmediato. Cada vez que puedo escaparme la visito, disfruto mucho de sus ocurrencias, su filosofía de vida y la manera como ha enfrentado su existencia.

–¿Y hace mucho que no va de viaje? -le pregunto.

–La última vez que fui a Naco fue a visitar a una prima que murió contenta. Santo Domingo es un tapón eterno y yo me desespero.

Para ella salir de la Ciudad Colonial es un largo viaje. Sus fronteras son el Parque Independencia y el Malecón.

–Yo lo resuelvo todo con el colmadito de la esquina –me dice mirándome fijamente con sus ojos gastados por los años– y las pocas medicinas que tomo en el Padre Billini, que son genéricas y baratas. Mi vecindario es maravilloso y todavía nos pasamos platos a la hora de comer. Ya en la noche los viejos no cenamos y con un café con leche estoy resuelta.

–¿Y cómo ve la política? -la provoco.

—Tú sabes lo que yo pienso. Ya no hay políticos serios. Antes era de izquierda pero ahora la busco y no la encuentro, todos son la misma cosa, este país se ha vuelto un negocio, menos mal que ya a mí me queda poco y el único hijo que tuve Dios se lo llevó temprano como al marido.

Cuando habla de su hijo una sombra de tristeza le nubla la mirada.

—¿Y usted cree en Dios verdad?

—Mi hijo, ¡y cómo no voy a creer en Él! Ahora, mi favorita es esa -y señalando una gastada imagen de la Virgen de la Altagracia se hace la señal de la cruz.

–Ella sí sabe de mi dolor -me dice-. El padre de la parroquia insiste en que debo de seguir a Jesús pero ya no le discuto, yo me comunico con la mai, a la que lo parió, a la que al igual que yo sabe lo que es perder un hijo.

La miro con cariño, tan auténtica, tan ella.

–El día que me vaya yo sé que ella vendrá a buscarme y que cuando lleguemos donde sea, iremos juntas a ver a nuestros hijos y haremos fiesta. Mira Freddy -me dice tomándome la mano- hay días que hasta me lo sueño. Mi vecina dice que yo busco la muerte, ¡¡para nada!!, que venga y me sorprenda bailando como dices tú, no tengo miedo, ¡cómo voy a temer a una muerte que me arrancó a mis dos grandes amores! Sé que será buena conmigo y me llevará durmiendo... ¿qué tú crees?

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