El avión

ESTA ANÉCDOTA me la contó un amigo que lee lo que publico y que siempre me pregunta si todo lo que escribo es real. Le contesté que tengo poca imaginación y que lo único que hago es transcribir los hechos que me suceden a mí o a personas amigas que me cuentan sus historias. Ésta le sucedió al amigo que dudaba de todos mis escritos. Me cuenta que regresaba desde Madrid a Santo Domingo, a su lado un niño con un organito portátil; lo tenía desesperado. El niño no paraba de jugar con su instrumento y la situación se hacía desesperante.
Le ofreció chocolates, y nada, entonces el infante no sólo comenzó a tocar muy desafinadas canciones sino que intentó cantarlas, y la madre se hacía la sorda con tal de que se quedara quieto. En un momento la madre comenzó a cantar con su hijo canciones religiosas: “Alabaré, alabaré...” seguida de otras a la Virgen y hasta un Padre nuestro muy particular.
El amigo intentó cambiarse de puesto y habló con la azafata, quien intentó que los pasajeros –la madre y el cantante– bajaran la voz un poco. Y lo hicieron, pero esas canciones en susurro se hacían todavía insoportables.?
–Por favor ajústense los cinturones –habló una voz–, tendremos algunas turbulencias y deben permanecer sentados.
Julián –así se llama mi personaje, que había estado caminando de un lado a otro desde comenzado el concierto– no tuvo más remedio que volver a su lugar.?
Se escucha la voz del capitán avisando de las turbulencias y no más terminando de hablar, la nave comenzó a dar unos saltos impresionantes.
Un “uayyyyy” largo y colectivo se escuchó. Una señora sacó la bolsita y precedió elegantemente a devolver. ?Los pasajeros de al lado sacaron una Biblia, un joven que llevaba un rosario colgado en el cuello lo sacó de inmediato y cerrando los ojos comenzó a rezar atropelladamente padrenuestros y avemarías... Jesús, Jesús, Jesús...
Las movidas cada vez más atrevidas y en el rostro de los tripulantes una fingida tranquilidad.
–¡Ayyyyyyyyyyyyyy María Santísima! ¡Apiádate de nosotros!
La sensación de angustia era general y la respiración acelerada de los trescientos pasajeros se sentía en el ambiente. Mi amigo, aferrado al sillón sudaba copiosamente. Me cuenta que sintió tanto miedo que se le aflojaron los dientes, y que tenía una imperiosa necesidad de ir al baño pero que no se atrevía a moverse. ?Miraba a la azafata para ver si el fin estaba cerca, pero el rostro no le decía nada, aunque en su imaginación sintió que la mujer estaba rezando al igual que él.
?Los movimientos del avión no cesaban y los saltos por igual. A su lado el niño había cerrado su organito y agarraba la mano de su madre. ?De repente se oyó un grito.
–¡Que cante el niño, que cante...!?
Mi amigo entre salto y salto discretamente le pregunta al niño:
–¿Cómo es la canción esa de alabaré? ¿Serías tan amable de cantarla bien fuerte?
Y Julián cerró los ojos y comenzó a cantar sin saberse la letra.?
–¡Que cante más fuerte! –gritó uno–.
–No pares de cantar, –gritó otro–. ?
Otras voces del avión entonaron no sólo esa sino todas las canciones religiosas posibles. El avión aterrizó perfectamente bien. Algunos asientos aparecieron mojados.
Freddy Ginebra
Freddy Ginebra