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Esto de envejecer...

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Esto de envejecer...

Envejecer tiene su gracia, sé que muchos de mis amigos –que rondan los setenta o los pasan– no están muy de acuerdo. Llegar a este otoño de la vida es todo un premio, aun en aquellos que lo hagan en condiciones un poco deplorables. Cada año nos reunimos los amiguitos que quedamos, los sobrevivientes como dice Ramón, y en esta reunión se refleja en nuestros rostros que hay una señal de satisfacción: “Llegamos”.

La primera pregunta que me hace Danilo al verme es:

–¿Cómo te ha ido con la pastilla de la presión?

–Muy bien –le contesto–, ¿y a ti?

–Orino demasiado, estoy tratando de que me la cambien.

–Ya no salgo de noche –comenta Diego– ¿y pa’ qué? Cada día son más los asaltos y el otro día a mi compadre José Luis, que priva en guapo y sale en unos pantaloncitos que dan vergüenza, cuando le pidieron la cartera y muerto de risa le dijo que no tenía, luego le pidieron el reloj, ‘no llevo’ contestó burlón, ¿y la cadena?, ‘tampoco’. ‘Abra la boca’ –le ordenaron– y mi amigo, entre el terror y la locura, la abrió esperando un tiro, grande fue su sorpresa cuando de un tirón le llevaron la caja de dientes.

–Ofrézcome, a lo que hemos llegado. Ahí está mi compadre que no abre la boca y tampoco se ríe. La mujer le compró una máquina de caminar para la casa y no sale ni a la puerta.

Ayer llegó Luis de USA. Parece que el tumor está desapareciendo. Esto de ponerse viejo es divertido, bueno, ese es el adjetivo porque cada vez que me agacho me duele algo, que si la artritis, que el reumatismo, que ya no puedo comer con sal y mucho menos con azúcar. Salir de los carros, antes con una rapidez impresionante, ahora se vuelve un ritual, primero iré a la derecha y luego ayudándome la izquierda, doy pena. Y lo peor es cuando llegas a un lugar y te ofrecen la mano para que no tropieces o te caigas...

Alfonso le ha cogido con viajar y cuando regresa y uno le pregunta dónde estuvo, contesta ‘por ahí’. No se acuerda de nada, confunde los nombres de las ciudades y me confesó, luego de su segundo trago de vino, que si no fuera por su mujer, la segunda, 15 más joven que él, nadie lo sacaría de su cuartito de la televisión.

Pedro baila como un trompo, no ha perdido el estilo, un poco torcido por la osteoporosis, pero baila. Todavía sigue privando en John Travolta. Cada sábado, si quieren encontrarlo, solo tienen que ir al Club Naco y allí está sentado hablando altísimo –está casi sordo– y con unas camisas, no sé quién se las compra, que brillan en la oscuridad.

Alberto no sale de la funeraria. La semana pasada fue seis veces y cuando un íntimo amigo se le murió en domingo, los domingos no sale de casa por superstición, llamó por teléfono a uno de los hijos para excusarse.

–¿Y no fuiste? –le pregunté.

–La verdad Freddy, tú sabes que soy medio cabaloso, no podía ir pues se me metió en la cabeza que si iba, me dejaban a mí.

Yo les digo, esto de envejecer tiene su gracia, pero hay que encontrársela y a veces no es fácil.