$!Hablemos de amor

Descubrí muy temprano lo que era el amor. Supe de sus cualidades curativas, de la capacidad que tenía el amor de transformar algo cotidiano y simple en algo grandioso. Supe de su poder transformador y, como lo adiviné temprano, aprendí a amar para poder transitar sin miedos el camino que me tocara andar. También descubrí que mi corazón era una guagua, que podía amar sin límites, que tenía esa capacidad y que, en muchas ocasiones futuras, era ese amor el que me levantaría de los momentos más difíciles de mi vida.

Confieso que me enamoro todos los días, sé que es difícil de entender, pero es así.

Tengo clasificados los amores dentro de mí; están aquellos sin los cuales no podría vivir, y están aquellos que me ayudan a vivir y a hacer de este mundo un mundo de mejor color.

El solo hecho de amar es ya un privilegio, un don, una dicha en sí misma. Nunca olvidaré aquel amigo tímido que una noche de fiesta y pasados muchos años me confesó que la mujer a la que más había amado en su vida nunca lo supo. Me habló de su amor en silencio, de lo mucho que disfrutaba de solo verla, de escuchar su voz, de sentirla cerca. Era, según él, un amor imposible.

–Mira, Freddy, sería capaz de todo por ella –había en cierto modo sublimado poéticamente su sentimiento–.

Y desde lejos era feliz amando.

Cuando nació Ana, mi primera nieta, experimenté uno de los amores más tiernos y puros de mi vida, supe lo que significaba un nieto y entendí que era un regalo para los años en que disminuían mis fuerzas y comenzaba el atardecer de mi existencia. Luego fui premiado con tres nietos más, Elena, Juan Pablo y Catalina, y mi corazón aumentó sus sístoles y diástoles amorosos multiplicando así mi celebración constante de la vida.

El verdadero amor duele, implica sacrificios, entrega absoluta y desapego. Cuando se ama no se posee, el amor en mi caso libera, aumenta el deseo de vivir y me acerca a Dios, que es el amor absoluto.

Ahora que tengo el pelo blanco, que las arrugas son parte del vestuario, que camino más lento, que cada segundo es un tesoro, que puedo mirar atrás y respirar profundo con agradecimiento por lo vivido, entiendo perfectamente que la verdadera misión para la cual hemos sido creados es para amar y nada más. Amar y transformar el mundo en que vivimos con ese amor tocando a nuestro paso a quienes nos rodeen y entendiendo que el único tesoro que nos vamos a llevar cuando emprendamos el largo viaje son todos esos grandes o pequeños amores que han llenado nuestras vidas de luz y armonía.

Y estoy seguro de que regresaremos sonriendo.

Ilustración: Ramón L. Sandoval

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