Las medusas cónicas

“Con los años uno va descubriendo los grandes placeres de las pequeñas cosas, a disfrutar momentos que antes pasaban desapercibidos, a encontrar grandes lecciones en el silencio”.
$!Las medusas cónicas

He decidido transformar mi pequeño balcón del apartamento en jardín. Estoy rodeado de torres y decidí agregar otras plantas que lo hicieran más acogedor y rompieran el espacio habitacional con la frescura del verde. Tengo un nido recogido que alberga un inquilino y cada día lo veo llegar. Celestino, mi amigo cineasta, me regaló una enredadera, llegó y la sembró en un tarro, y así han ido llegando otras plantas. Ayer compré una palma y eso le dio el toque final al balcón. Cada mañana muy temprano, a veces antes de salir el sol, lleno el higüero de agua y las voy regando. Me he descubierto hablándoles, ¿será manía de vejez? Les pregunto cómo van y, cuando estoy aturdido por los problemas, les cuento y ellas sabiamente, con su imponente silencio, me dan soluciones. Una vez Catalina me encontró hablando con ellas.

–Abuelo, ¿y con quién estás hablando?

–¡Oh, con las matas! Háblales –le dije.

–Yo no sé ‘plantalio’ –contestó sin titubear.

–¿Y qué es ‘plantalio’?

–Abuelo, el idioma de las matas.

No hice más comentarios y me quedé con una risa incontrolable que me animó la mañana.

Catalina entra y sale de mi casa como un cometa, a veces me ve, otras soy invisible. La que siempre es visible es la abuela porque he descubierto que es la que más está con ella y la que le cuenta todos los cuentos a la hora de dormir.

La nueva palma se siente a gusto con sus compañeras de clorofila. Ha reaccionado muy bien y, cada vez que la mojo, a su manera coquetea con el viento.

Con los años uno va descubriendo los grandes placeres de las pequeñas cosas, a disfrutar momentos que antes pasaban desapercibidos, a encontrar grandes lecciones en el silencio. Soy un coleccionista de momentos, de estados de ánimo que guardo en mi memoria para los días difíciles tener armas poderosas y enfrentarlos.

Catalina interrumpe mi meditación y atropelladamente se sienta frente a mí, su rostro empapado en lágrimas que no puede controlar. Me alarmo.

–¿Qué te pasó? ¿Por qué lloras?

Casi no puede hablar y me asusto.

–¿Te diste algún golpe? Dime...

–Son las medusas cónicas... –balbucea y agrega–, es el marido...

–¿El marido de quién? ¿Qué dices? No te entiendo.

Me dice que espere con la mano hasta que ella encuentre las palabras.

–El amaba a su esposa (más lágrimas), la quería mucho, pero el niño también se murió abuelo.

Se murieron los dos –añade entre ‘jipíos’.

–¿De que tú estás hablando? (¿Se habrá vuelto loca la nieta?).

–Las medusas cónicas, abuelo, ¿no entiendes? Son venenosas y ellos no lo sabían...

Más confuso yo.

–¿Qué medusas cónicas? Para de llorar y explícate que me estás asustando.

–El marido estaba en esa playa y la medusa lo tocó y se murió y también su hijo.

–¿Y quien te contó eso?

–Lo vi en televisión abuelo. Hay algunas playas que tienen medusas venenosas y son un peligro.

–Su esposa no paraba de llorar, estoy muy triste.

–Te he dicho que no veas esos programas que te afectan –digo abrazándola y secándole las lágrimas–. No veas cosas tristes, no te hacen bien.

–Abuelo, –me dice ella mirándome a los ojos y reponiéndose–, en la vida no todo es alegría, hay también tristezas y yo estoy aprendiendo.

Me quedé sin palabras y la miré con toda la ternura del mundo mientras la abrazaba fuertemente y le pedía a mi Dios que la vida la tratara lo mejor posible.

–¿Aquí hay medusas cónicas, abuelo?

Yo no pude contestar porque tenía vergüenza de que me viera llorar.

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