Mi Buenos Aires querido

Cuando llegué a Buenos Aires la primavera estaba vestida de invierno, cuatro grados. Se abrió la puerta del avión, un tremendo frío me dio el abrazo y se me congelaron hasta los sueños, pero entendí que en la medida en que caminara la ciudad y me dejara envolver por todo lo que me esperaba, en algún momento me descongelaría por completo y así fue.
Mi maleta había decidido irse para Lima y por casi tres días debí obligarme a comprar un abrigo, lavar de noche mis interiores y hacerme el loco.
El teatro San Martín cumple setenta años, mi misma edad, ¿será por eso que me invitan?
Me esperaban unas jornadas donde el teatro y la danza ocuparían mi tiempo y donde, en algún momento, tendría que explicar, durante 20 minutos, el milagro de Casa de Teatro. Nada me produce más emoción que hablar de ese proyecto que me ha costado tanto y al cual he dedicado más de la mitad de mi vida.
Los días comenzaban muy temprano; ya desde el desayuno gestores culturales de los más diversos países intercambiaríamos nuestras experiencias y planificábamos un futuro donde las quimeras y los sueños se conjugarían con las esperanzas de un mundo mejor, y donde los artistas, verdaderos profetas, pudieran colaborar a que el ser humano no se deshumanizara.
Luego entrevistaríamos a grupos de teatro, danza y circo. Aproveché para visitar a algunos amigos, ir a la casa de Alberto y comer un asado con su familia, asistir al cumpleaños de una sobrina que ha perdido el acento dominicano y me dijo ‘tío, vos sós bárbaro’ y entendí que la habíamos perdido en la isla, beber un vino blanco con Eduardo y recibir su última novela y otros regalos, planificar una visita para escuchar y ver bailar milongas que nunca pudimos.
La primera noche, desde el avión, me fui al teatro Coliseo, donde el grupo Escalandrum de Pipi Piazzolla celebraba con un extraordinario concierto su 15 aniversario, para aplaudir como loco, abrazarlos a todos, comer empanadas y beber vino en los camerinos y regresar al hotel con su música recorriendo todas mis venas.
Buenos Aires es un paraíso donde más de 400 salas de teatro permanecen abiertas y la gente hace fila respaldando a sus autores y actores.
La calle Corrientes tiene en las marquesinas de sus teatros gran variedad de musicales, algunos importados y otros escritos por autores argentinos. Una librería detrás de la otra; si hay crisis la disimulan, se visten de gala y salen a las calles a celebrar con los mejores vinos.
Todo fue tan rápido, tan intenso que ni siquiera tuve tiempo de recordar a Gardel, pasear por la calle Maipu, donde una vez entrevisté a Borges, preguntar por Martha Minujin, la famosa artista, o recorrer la nueva ruta del Papa Francisco que atinadamente venden, y millares de devotos católicos recorren a diario.
El río de La Plata, que es de chocolate, lo vi de lejos, no tuve tiempo más que para ser feliz, y celebrar la vida. Bueno, a eso vine.
Freddy Ginebra
Freddy Ginebra