Siempre queda la música

El lunes me vi amenazado por la tristeza, por un momento me olvidé que era feliz y, sin darme cuenta, asumí el estado anímico arriesgándome a sufrir las consecuencias
$!Siempre queda la música
Me inundó la música, una guitarra, unos tambores, un nostálgico bajo, unos platillos temblorosos y la voz melodiosa e íntima de Víctor Víctor con su Mesita de noche.

Hoy lunes me vestí de sábado. Los sábados tengo siempre la costumbre de ponerme unos pantalones cortos viejísimos y, a la par, una camiseta que le hace juego. El vestuario sabatino me crea una sensación de irresponsabilidad, de no querer hacer nada, de pensar que la vida es simple y fantástica, y luego, si me animo, salgo a pasear con cualquier excusa, hasta a comprar unos bombillos en la ferretería o visitar a un amigo a quien hace tiempo no frecuentaba. Los sábados son para no pensar mucho, para olvidarse de todo aquello que preocupe, o por lo menos hacer el intento. Hoy lunes me vi amenazado por la tristeza, por un momento me olvidé que era feliz y, sin darme cuenta, asumí el estado anímico arriesgándome a sufrir las consecuencias. Fue algo súbito, casi imposible de controlar, una sensación de desamparo, de túnel sin salida y al mirarme al espejo comencé de inmediato a hacer mis ejercicios de alegría. Recurso que siempre funciona. La sonrisa no brotó en ningún momento, los pensamientos oscuros impedían cualquier asomo de recuperación y de inmediato recurrí al vestuario para motivar un estado de ánimo que me permitiera enfrentar el día.

Me vestí de sábado para engañar al lunes. Los lunes son astutos y fundamentalistas. Conscientes de su responsabilidad. No logré engatusarlo como quería. Me puse entonces las chancletas más viejas, más rotas, y el sombrerito ridículo que a nadie en mi familia le gusta. Además decidí que no iría a trabajar, que mis casi ochenta años me daban ese derecho, y que vería televisión hasta el agotamiento o leería un libro policíaco donde me envolviera la trama y no me permitiera respirar. El lunes me amenazó de nuevo, un atisbo de lágrima intentó derramarse por el ojo izquierdo y así contagiar al derecho, los amores desaparecidos salieron a flote, todo atentaba y hasta la lluvia, que es siempre fiel compañera de mis nostalgias, me traicionó y se hizo cómplice del enrarecido día. El miedo quiso sumarse, miedo a todo, a un futuro incierto, a una pandemia depresiva, a una soledad intensa, de aquellas que viven dentro donde nadie habita, me miré de nuevo al espejo buscando otra imagen, alguna sonrisa perdida, un pedazo de luna o sol, las estrellas de una noche en la playa, pero nada. La mirada fue esfumándose en el vacío y no me valió invocar a mis ángeles de emergencia, ninguno acudió a la memoria, solo aquellos que estaban cansados y en retiro y no me ayudaron.

Entonces vino el silencio, un silencio demoledor de aquellos que te enfrentan con ángeles caídos. Sonó la alarma interior. No me quedó más remedio que intentar la última fórmula para combatir el desaliento, invoqué a los poetas que conoceré algún día, abrí las ventanas de mi casa de par en par para que entrara una brisa cómplice, perseguí con mi mirada algunos ruiseñores desorientados, caminé despacio, tenía que intentarlo todo, el lunes apostaba fuerte a derrotarme con una mueca en el corazón, jugármela, arriesgarme, no había más escapatoria y, sin pensarlo mucho, me inundó la música, una guitarra, unos tambores, un nostálgico bajo, unos platillos temblorosos y la voz melodiosa e íntima de Víctor Víctor con su Mesita de noche... La melodía fue subiendo poco a poco hasta empapar mi alma, todos mis sentidos y sin darme cuenta comencé a sonreír de nuevo, se produjo el milagro.

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