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Soy dominicano...

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Soy dominicano...

Tengo cara de extranjero y nombre de seudónimo. En esta temporada de mi vida donde me invitan a tantos festivales de teatro y música he podido comprobarlo. Desde que llego a una reunión y digo que soy dominicano me veo en la obligación de dar explicaciones.

–No. Usted no es dominicano –me dijo una señora inglesa, y sin dejar de respirar agregó–, tenía entendido que los dominicanos eran más subidos de color.

Procedo a contarle la historia de mis abuelos corsos por un lado y de mi familia con descendencia catalana por el otro.

–Los dominicanos estamos teñidos por el sol y de ahí nuestro color -comento.

–Entonces usted vive en la sombra –agregó quien me hablaba.

–¿Y ha nacido usted en la isla?

–Sí –contesto– y si quiere le doy la dirección.

–¡Oh!

Otra de las sorpresas que me he encontrado en mis viajes es que el otro día, en una presentación, alguien se me acercó a preguntarme mi verdadero nombre.

–No entiendo –le dije.

–Su nombre suena a seudónimo –esto con acento francés.

–Ese es mi nombre –y se lo repetí.

–Pero suena a seudónimo –no tuve más alternativa que echarme a reír–.

–Pero Freddy de Freddy o Freddy de Alfredo?

–Freddy de Freddy.

–Es un nombre inglés.

Entonces aquí hago la historia de mi abuela, que me puso el nombre en memoria de un tío que murió siendo niño, y que Freddy fue el nombre de un personaje de una opereta.

–¡Oh, que pena! –escucho.

Viajar es una gran oportunidad de aprender a vivir y darnos cuenta de que en nuestro país, a pesar de sus pesares, vivimos en un paraíso lleno de gente buena, trabajadora y de fe.

Esto de no parecer dominicano tiene sus riesgos. Una mañana en un tren de Nueva York iba a visitar a un amigo que vivía lejos y decidí tomar el subway. Mala decisión pues era en la hora pico y entrar a un vagón era someterse a convertirse en un sándwich. Entré como pude y me quedé pegado a la puerta. Rostros cansados, miradas perdidas, aburrimiento, una que otra risa de una secretaria que de seguro había sido promovida, sentados los privilegiados, algunos sumidos en el sueño, otros leyendo alguna revista, libro o diario. Me distraigo observando el paisaje y no lo envidio. Miro el orden de las estaciones y me faltan cuatro para salir disparado a abrazar al amigo que me espera con toda su familia a cenar. Sin darme cuenta un joven moreno se me acerca, siento que me empuja con su cuerpo, intento separarme cuando no sé de dónde saca una navaja y me la pone en el pecho. Todos miran pero se hacen que no miran. No entiendo lo que me dice. El tono es grosero y agresivo. El tren a toda máquina. Sudo. No sé qué hacer cuando le escucho decir: Maldito, maldito judío.

Comienzo a hablarle en español, el acento me sale cibaeño, y la voz finita. Rápidamente pienso lo estúpido de morirme en un tren en manos de alguien que ni siquiera sabe a quién está asesinando. Me siento poco original, intento de nuevo sumido en la desesperación y grito. Soy dominicano, DOMINICANO.

El personaje no hace caso, el tren disminuye la marcha casi llegando a una estación que no es la mía. Se abre la puerta y aprovecho la estampida de salida y desaparezco sin mirar atrás en busca de un policía. El agresor desde la ventanilla me enseña su navaja. Subo a la superficie y jamás he tomado un taxi con tanta alegría.

Que lío esto de tener los ojos claros, llamarse Freddy Ginebra, y no parecer caribeño. Por dentro canto el himno... y respiro profundamente.