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Todos viven en mí

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Todos viven en mí

Se ha convertido en una manía, quizás en algo más. No puedo evitarlo y ahora con más razón que se están yendo tan rápidamente los amigos.

Esta quincena fui 7 veces a la funeraria y ya mis ojos han hecho de las lágrimas una costumbre.

Para combatir el dolor, lo he dicho, imagino a mis amigos vivos, los recuerdo por los mejores momentos vividos a su lado, por aquellas conversaciones que han quedado grabadas en mi memoria, las experiencias compartidas....y entonces no les digo adiós sino hasta luego, cosa que estoy seguro sucederá.

Estoy en la playa y evoco una conversación que quise tener con mi mamá. Camino lentamente, el mar –buen compañero de nostalgias– guarda silencio y solo me deja escuchar sus discretas olas. A lo lejos una gaviota hace piruetas frente al sol y planea como si fuera dueña del firmamento.

Entonces comienzo, mi mamá joven, sonriente, me toma de la mano y me dice ‘príncipe’, yo como acostumbro le digo ‘mi reina’, y caminamos y me siento tan contento que no son necesarias las palabras, pero estoy seguro de que hablamos de todos los temas y repetimos aquellos que más nos apasionan.

La otra tarde me imaginé con Leonardo, el primer amigo de infancia que vi partir. La última vez que lo vi salía del cine Santomé con su papá, estaba gordo, en esos momentos no sabía lo que era cortisona, ni medicamentos fuertes, tampoco había descubierto el poder de los abrazos, así que le di la mano, le comenté que hacía mucha falta en el curso y que esperaba que regresara pronto. Me regaló una sonrisa, fue su última, unos días después, mientras pasaba por su casa en bicicleta (Santo Domingo en esos años era una ciudad pequeña), vi un cortejo fúnebre y supe, sin que nadie me dijera, que Leo mi amigo se había ido. Han pasado todos los años y aún lo recuerdo; de vez en cuando hablo con él, en mi imaginación sigue con su misma edad y su misma sonrisa, y le prometo que alguna vez nos volveremos a encontrar y hablar de tantos temas que perdimos en el tiempo.

Ángel se fue sin despedirse, con él tengo demasiados recuerdos, vivencias, risas; tanto, Ángel, que me parece mentira que te hayas ido. Anoche soñé contigo y volvieron a salir las lágrimas en el sueño, pronto me acompañarás a caminar por la playa y me contarás de tu nueva obra, me expondrás todos tus disgustos, te quejarás de la situación política, tu desencanto sobre las desigualdades existentes y, una vez más, compartiremos tus miedos y alegrías. Te prometo guardar silencio y escucharte sin refutar ninguna de tus propuestas.

Te imaginaré riendo, como a Óscar, Magaly, Homero Luis, Carmen Josefa, Ana María, William, Ramón... y les repetiré, como he hecho tantas veces, que solo mueren aquellos que se olvidan, y no sólo no olvido, sino que los mantengo a mi lado para que el día que me toque dar el paso a la eternidad me esperen y me indiquen el camino. Esos amigos saben que todos viven en mí...


Ilustración: Ramón L. Sandoval