Una terrible noticia

Mi Catalina jamás dejará de soñar, apuesto a ella
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Cuando mi hijo dijo que tenía que comunicarnos algo, mi cabeza no paró de hacer todo tipo de conjeturas.

Mi hijo José Arístides y Laura su esposa viven en el apartamento frente al mío. Cruzamos de un lugar a otro en pijamas, almorzamos juntos, cada amanecer cuelo el café y lo disfruto con mi nuera, y ella en puro uruguayo me hace sus historias, reímos y también lloramos juntos. Se podría decir que vivimos en una armoniosa comunidad. Ellos son los papás de Elena y Catalina.

Mi hijo José Arístides habla directamente, no pierde tiempo con adjetivos ni gerundios, es decir, es quizás demasiado directo para mi estilo, por eso cuando nos dijo a mi esposa y a mí que tenía que comunicarnos algo, mi cabeza no paró de hacer todo tipo de conjeturas. Si él todo lo dice directamente, ¿porqué esta vez nos está preparando? Comencé a sudar pero disimulé al instante, ¿estaría enfermo? ¿Alguien de su familia? ¿Se mudarían y nos dejarían solos en el edificio?

Estamos sentados frente a él en la mesa, no puedo evitar un nerviosismo incontrolable. Sin ningún rodeo y mirándonos a los ojos dijo: ”Catalina ya sabe que Santacló no existe”.

-¿Quéeee? -no pude evitar mi asombro-.

-¿Y cómo se enteró? -pregunto mi esposa.

-Se lo dijimos nosotros.

-¿Y por qué? -y de inmediato añadí- ¡Qué barbaridad! Le han roto su inocencia.

-Papá -me interrumpe el hijo-, Catalina tiene 11 años y mejor que se enterara por sus padres a que alguien se lo dijera.

-¿Y cómo reaccionó?

-Dijo que lo sospechaba, pero que Santa tenía que existir. Contó que algunos amiguitos varones del curso ya se lo habían dicho, pero que ella había defendido su existencia contando que todo lo que pedía se le cumplía y que muchas veces hasta le llegaban regalos del exterior, y que además, en momentos donde sus papás le decían que no tenían dinero para comprar todo lo que se lo ocurría, Santa no le fallaba.

-¿Y entonces? -insisto.

-Nada. Se puso muy triste, se le llenaron los ojos de lágrimas, luego entró al baño y terminó de llorar un rato.

Cuando mi hijo hablaba, mi corazón se rompía en pedacitos, tuve que hacer un gran esfuerzo para evitar las lágrimas, sentí un gran dolor que no puedo explicar, ver cómo se desdibujaban las ilusiones de mi pequeña nieta, que se negaba a crecer y que vive en un mundo especial donde alimenta todos sus sueños.

-¿Y qué pasó después?

-Salió, vi que se había lavado la cara para que no notáramos que había llorado y, con una sonrisa grande, recalcó: “los varones tenían razón, pero nunca les diré que lo sé. Santa seguirá vivo y no le contaré a ningún niño para que no sufra como yo.

En ese momento entró Catalina al lugar donde estábamos, la miré con mis ojos aguados, la abracé con la mirada... y le deseé con todas mis fuerzas que jamás dejara morir al niño que lleva dentro y que nunca perdiese su mirada de asombro. De ahora en adelante tendrá que crear su propio universo de fantasías, enfrentar muchas veces una realidad dolorosa, sonreír a pesar de las lágrimas... Mi Catalina jamás dejará de soñar, apuesto a ella.

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