Vivir la esperanza

Es difícil ser paradigma, dar una certeza de que toda esta pesadilla va a pasar y dar un consuelo en estos momentos de pánico y angustia
$!Vivir la esperanza
La responsabilidad de este hombre que ha entregado su vida a Dios es grande.

Lo veo caminar despacio, sin prisa, bajo una llovizna muy leve por una plaza que no sé porqué se me hace inmensa y desolada. El hombre cabizbajo mira al suelo como para no dar un traspiés, camina abrumado; en su rostro logro entrever una preocupación marcada, ¿qué pensará? No puedo adivinarlo. Yo, en mi caso, siento unos inmensos deseos de abrazarlo y decirle que no está solo, que le acompaño en su tránsito y que, aunque sé del gran peso sobre sus hombros, me ofrezco cual cirineo a ayudarle.

Siento una desolación tan grande, tanto dolor, tantos deseos de correr a su lado, de gritarle "amigo, puedes contar conmigo", yo soy tu amigo desconocido, uno de millones que te sigue desde lejos, que aunque no lo creas entiende tu preocupación y absorbe cada una de tus palabras de aliento y esperanza. Y sin poder contenerme le hablo desde una inmensidad de kilómetros de distancia con mi corazón en la mano: “Hay días en que me siento, no sé si lo has experimentado, abandonado en una oscura soledad y mi respiración se torna tortuosa, y, sin embargo, tengo la esperanza de que hay una inmensa luz que me aguarda".

Ya estamos en esa edad que muchos llaman otoño, pero que los que la transitamos sabemos que es invierno, la antesala del regreso.

El deseo de abrazarlo se hace cada vez más fuerte, lo siento frágil, indefenso, como si al igual que a mí el misterio lo desbordara. Camina un paso a la vez, sin prisa, la lluvia es su aliada, apenas se percata de ella; es más, diría que la incorpora a su estado de ánimo. Es difícil ser paradigma, te sientes observado, cualquier gesto o palabra es interpretado, muchas veces juzgado, tu gran responsabilidad con Dios y el mundo de sembrar esperanza, dar una certeza de que toda esta pesadilla va a pasar y dar un consuelo en estos momentos de pánico y angustia.

Una de las cámaras que televisa este momento hace unos planos amplios y puedo ver la inmensidad del espacio habitado solo por la lluvia y una desconcertante soledad. Desde lo alto, y apoyados en una balaustrada, 140 estatuas de santos de todas las épocas son testigos mudos. Este lugar, que en tiempos pasados una multitud lo llenaba, respira ausencias, las imponentes columnas de mármol travertino severas, austeras, sobrias, monumentales, diseñadas por Bernini que han visto tanto, se suman al silencio que abruma.

La responsabilidad de este hombre que ha entregado su vida a Dios es grande. Su caminata se me hace interminable, lo siento indefenso, cansado, aturdido, quizás es un reflejo de lo que yo siento. La lluvia, en lugar de cesar, insiste y lo empapa. Agua cómplice Al llegar a una escalinata un sacerdote aparece y le toma del brazo con ternura como quien ayuda a un abuelo a moverse y le lleva al podium.

Francisco, el argentino que llegó a papa, me muestra su rostro. Inescrutable. Unos ojos cansados, una mirada triste, cierro yo mis ojos y hago una oración por este embajador del cielo, rezo por su soledad, por sus dudas si las tiene, por el peso que lleva en sus hombros, también rezo por el mundo en que vivimos, que cada vez me duele más por el afán que tenemos los hombres de destruirlo. Rezo por las desigualdades que me aturden, pido que esta tremenda prueba nos ayude a despojarnos de egoísmos y seamos más conscientes de la responsabilidad que tenemos como humanidad. Y en la intensidad de mi petición-oración, el Papa da su bendición Urbi et Orbe.

Llueve ahora con más intensidad, como si el cielo llorara y quisiera que entendiéramos que solo haciéndonos como niños podremos salvar al mundo. Eso sentí en mi corazón.

27 de marzo de 2020, 5:00 pm, Plaza San Pedro, Ciudad del Vaticano

+ Leídas