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Yo sé quién me espera

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Yo sé quién me espera

Lucía preguntó otra vez.

-Dígame doctor, ¿entonces lo que tengo es maligno?

El médico, acostumbrado a este tipo de encuentros, puso en su voz toda la compasión posible.

-Sí -dijo mirándole fijamente-, pero la medicina ha progresado mucho y con la quimio podemos tratar de alargarle el tiempo de vida.

Hubo entones un silencio. Lucía no parecía asustada; al médico le pareció extraño, es más, notó en el rostro de la paciente como si este veredicto fuera esperado con alegría, quizás estaba equivocado pero no notó ni siquiera nerviosismo, ni angustia, y mucho menos miedo.

Lucía se miró las manos, en ellas tenía un pañuelito bordado, lo alisó dos veces y, dándole las gracias al doctor, salió del consultorio con la cabeza llena de pensamientos encontrados.

Lo primero que estaba muy claro era que no diría nada a sus hermanos, ya sus padres habían fallecido, ella no quería darles un dolor cuando sabía que el resultado era inminente. No tenía dinero para enfrentar la enfermedad y tampoco quería que sus seres queridos, pobres como ella, tuvieran que hacer grandes sacrificios para alargarle la vida. Mientras caminaba hacia su casa lo tenía decidido, no diría nada y pondría, como había hecho siempre, su vida en manos de su Dios.

Cada mañana ponía en sus oraciones su vida y pedía al Señor que le acortara el sufrimiento a sus familiares dándole una muerte rápida.

Decidió escribir un diario donde quedara su decisión, y donde justificaba su silencio y explicaba que, si era una mujer de fe, nada tenía que temer, que siempre había sabido que la muerte es el final de todos los seres humanos y que su mayor aspiración era el encuentro con su Dios, a quien desde muy niña había aprendido a amar con absoluta entrega.

Los días fueron pasando y cada vez le costaba más disimular los achaques propios del hermano cáncer que se la comía por dentro, había días cuando apenas podía levantarse a cumplir con sus obligaciones, pero hacía un esfuerzo y vencía el dolor y los achaques.

Una mañana decidió hablar a su familia pensando que, si entraba en un período difícil o perdía su capacidad de hablar, quizás ellos no le perdonarían lo que había hecho.

Una hermana fue su primera confidente.

-Me han descubierto un cáncer -le dijo como quien anuncia un viaje o la compra de algún regalo.

-¿Un cáncer? ¿Y dónde?

-Ya no importa -con tranquilidad Lucía tomándole las manos a su hermana-, tengo poco tiempo y quiero, y es lo más importante, que estemos cerca y juntas.

-Pero vamos al médico. Ahora hay muchas maneras de combatirlo.

-Ya fui y me dijo que lo único que podía hacer era garantizarme unos meses de vida, lo tengo regado por todo el cuerpo.

-Lucía -estalló en lágrimas su hermana- siempre se puede hacer algo más.

-Si creemos -la interrumpió la enferma- no debemos temer, la eternidad ha sido diseñada para todos, es el regreso y yo creo, yo espero mi encuentro con mi Dios. Quiero que ustedes, que tanto me quieren, entiendan y sepan que me voy feliz, sin miedos, contando con que desde donde esté los seguiré queriendo como siempre.

No tengo miedo, yo ya sé lo que me espera.

En su rostro había serenidad y en su voz la seguridad de una fe inquebrantable. Al fin le vería su rostro.

Yo sé quién me espera. Esa frase le quedó a los hermanos retumbando en sus cabezas y cuando llegó el día todos estuvieron de acuerdo en que Lucía tenía la más bella sonrisa dibujada en su rostro.

Esto lo cuento tal como me lo contaron...