A Pía, mi guerrera favorita

Pía es una guerrera victoriosa a quien no le importa compartir sus tácticas de batalla si con eso ayuda a otras a superar sus propios procesos
$!A Pía, mi guerrera favorita
El trabajo se convirtió en un aliado eficaz para combatir pensamientos de derrota y llenar horas de tedio.

Conozco a Pía desde hace poco más, poco menos, cuatro décadas. Coincidimos en el Colegio De la Salle en Santiago y luego nos volvimos a encontrar cuando mi familia decidió emigrar de la hermana república del Cibao hacia la capital. A primera vista tímida, menuda, es un personaje especial lleno de vivencias y alegrías. Hoy, Pía es madre soltera, profesional de la publicidad, excelente amiga, hija, hermana...y sobreviviente de cáncer de seno.

Esta historia en particular y su lucha contra el cáncer comenzó un día cualquiera cuando retiró los resultados de una biopsia a una bolita que encontró sin buscar en uno de sus senos. Con los resultados en mano, buscó en Google lo que significaba lo que ahí aparecía y que más tarde, su médico confirmó. Sin dramas, con una fuerza interna que quizás desconocía, Pía se preparó mental y físicamente para combatirlo.

Los estudios posteriores mostraron que su tumor no había hecho metástasis y que podía ser removido completamente sin necesidad de extirpar la mama, aunque ella asegura que no le importaba. Si era necesario para curarse, que le extirparan las dos.

Cuenta con un dejo de sonrisa que asistió a su primera quimioterapia con mas curiosidad que miedo. Había tenido varias semanas para leer, de páginas y medios especializados, sobre todo el proceso: qué esperar, cuándo y cómo. Incluso, como sabía que iba a perder el pelo después de la primera quimio, comenzó a cortarse la melena por etapas. Así fue acostumbrándose ella y su entorno. Jamás usó pelucas, aunque las compró.

Su tratamiento incluyó 16 sesiones de quimioterapia, 30 radios y un montón de medicamentos que tomaba rigurosamente para paliar los efectos del químico y para evitar que otros órganos fueran afectados. Sufrió todos los efectos conocidos, pero una vez más el conocimiento del proceso la ayudó a sobrellevarlos mejor. Sabía que iban a pasar, solo era cuestión de tiempo.

¿Que si la comida sabía a rayos? Claro que sí, como a cobre. Pero a pesar de eso comía, lo que mejor le sentara, sin importar que no pegara con la hora. Y a lo que podía, le echaba limón. Eso ayudaba a matar el mal sabor. Dejar de comer no era una opción. Debilitaba su cuerpo y la hacía vulnerable a otras enfermedades.

Se rodeó de buenos médicos, no solo excelentes profesionales, sino también buenas personas, y junto a ellos, de un grupo de apoyo que la animaba y acompañaba: su hija, sus padres, hermanas, sus amigos más cercanos y de gente que, como ella, estaba luchando y había superado con éxito su enfermedad.

Dentro de lo que sus fuerzas le permitían, Pía no dejó de trabajar. En pijamas, en shorts, como le agarrara la mañana, se levantaba, comía y se dirigía a su “despacho” ubicado en el comedor de su casa. Como publicista freelancer pudo cumplir con casi todos los encargos que le llegaron. El trabajo se convirtió en un aliado eficaz para combatir pensamientos de derrota y llenar horas de tedio.

La historia de Pía tuvo un final feliz. Tras un año de tratamiento, pudo sobrepasar el cáncer con excelentes notas, sin perder la sonrisa, ni la esperanza. De eso se trata este escrito. De llevar ánimo a miles de mujeres que, como ella, en noviembre también luchan contra el cáncer y necesitan la reafirmación de que es un proceso que va a pasar, que el malestar va a pasar, que van a recuperar las fuerzas, que van a volver a jugar con sus hijos, que el cabello volverá a crecer, que dentro de ellas está la fortaleza y la determinación para vencerlo.

Pía es una guerrera victoriosa a quien no le importa compartir sus tácticas de batalla si con eso ayuda a otras a superar sus propios procesos. Solo, por favor, ¡no se rindan!

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