$!Ciudad fantasma
(Ilustración: Ramón L. Sandoval)

Cuando se acerca la Semana Santa, el país parece dividirse entre los que “se van” y los que “se quedan”, entendiendo por irse, el ejecutar todo un plan de actividades que generalmente incluye, sin limitar, playa, piscina, río, balneario, resorts, viajes por carretera, barco o avión, consumo etílico y/o espaguetis.

Los que deciden quedarse, generalmente se dividen en dos grupos: los que tienen razones espirituales para ello (asisten y participan en las actividades que organiza la iglesia / parroquia a la que pertenecen) y los que alegan no tener un chele ni para rezar.

Pero hay un tercer grupo, no tan publicitado ni tan explícito, que cada vez se hace más numeroso: los que nos quedamos porque nos encantan las ciudades fantasma.

En mi caso, ese Santo Domingo que cobra vida cuando la abandonan, cuando no hay tapones, ni prisas por llegar a ningún lado. Esa ciudad huérfana de Amets, con semáforos que funcionan y se respetan, al igual que los pocos peatones que encontramos en el camino. Una ciudad sin ruidos. Sin deliveries, sin guagüitas anunciadoras, sin camiones de basura. Una en la que se puede escuchar el sonido de la naturaleza y las risas de los niños irrumpen por las ventanas.

Los días de relativo asueto de la semana mayor me permiten “pasear” por la ciudad apreciando lo mucho que ha crecido y ha avanzado y, por qué no, sus obvias fealdades. También me permiten disfrutar de mi casa, de ese calor y olor de hogar que ya extraño y que se va perdiendo en el fragor infatigable del día a día.

Semana Santa en casa, por decisión propia, me permite disfrutar de ese ratico que saco para mí, cuando nadie está pendiente. Para meditar, para orar si es mi costumbre y mi fe, para ponerme mi pijama más vieja, para arreglar gavetas, para botar papeles, para sacar recuerdos del closet. Para preparar mi comida favorita y comérmela sin culpas, sin “calentaos”, ni presiones de horario.

Necesitamos tiempo para sanar y la Semana Santa es un tiempo maravilloso para eso. Todos llevamos heridas, algunas son tan profundas que no son visibles para el ojo humano, pero que se sienten, y se sufren por más tiempo. Necesitamos tiempo para llorar, para hacer las paces con uno mismo, para concretar planes, para escribir en una hoja todo lo que hemos querido decirle a alguien que ya no está, aunque después la quememos. Necesitamos tiempo para descansar el cuerpo, la mente y el espíritu.

Recuerdo una Semana Santa que, junto a unos amigos, decidimos recorrer la zona colonial solo para ver sus balcones. Para apreciar la belleza de su eclecticismo, su impresionante variedad de estilos desde el ojo experto de un arquitecto y la memoria experta de un historiador. Fue una experiencia memorable, exquisita y muy divertida. Disfrutamos del maravilloso encanto de una ciudad romántica, con un pasado trágico si solo nos fijamos en las cicatrices de sus edificios más emblemáticos, pero que siempre se ha levantado. Éramos muy pocos los que caminábamos por sus calles silenciosas la mañana de ese sábado santo... nosotros y las palomas.

Esta Semana Santa me quedaré de nuevo. Disfrutaré de la alegría de mi casa, mimaré mis plantas y mi perro y limpiaré el closet de mi corazón. Terminaré un libro que se duerme todos los días conmigo, llamaré a amigos viejos y veré algunas series. Me sentaré en el balcón a disfrutar de la calle silenciosa, un verdadero lujo. Me encanta Santo Domingo cuando la abandonan. Es mi ciudad fantasma preferida.

¿Cuál es la tuya?

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