Con Haití en el corazón

Un terremoto siempre es terrible, pero sumarle a eso que el país no cuenta con instituciones, ni parlamento, ni jueces, ni hospitales, ni presidente, es como para morirse
$!Con Haití en el corazón
Haití merece mejor suerte y dolientes que le ayuden a levantarse sin ponerle otras trabas en el camino.

Makenzón y Aníbal lucían muy preocupados. Sus rostros reflejaban angustia y temor por sus familiares y conocidos que residen en Haití. Desde hace mucho, ambos trabajan en el edificio en el que vivimos. Uno de ellos incluso estuvo como obrero en la construcción y se quedó para ayudarnos. De eso hace casi 30 años.

Acababa de informarles del terremoto en Haití. En ese momento no teníamos muchos detalles, pero la intensidad del movimiento no dejaba grandes dudas de que la cosa pintaba fea. Ellos recordaban vívidamente el sismo anterior y temían lo peor. De inmediato comenzaron a llamar a sus casas para saber de todos. A medida que pasaban las horas, sabiendo que estaban a salvo, se fueron tranquilizando.

Pocas semanas antes tuvieron que digerir lo del magnicidio. Para ellos, el presidente Moise y su familia no merecían esa suerte. “Era un hombre bueno, se preocupaba por los pobres”, me dijeron con las manos en la cabeza. No lo podían creer.

Ambos son personas integras, trabajadoras y muy amables que han dejado su país para buscar mejor calidad de vida en otro, como cientos de miles de dominicanos lo han hecho antes. Se ganan honradamente cada centavo que cobran y lo envían para mantener a sus familias, como cientos de miles de dominicanos hacen. Afortunadamente, hace unos años con la ayuda de todos los condómines, pudieron legalizar su situación migratoria. Enseñan con alegría su carné, señal de que no tienen que correr, esconderse o avergonzarse.

No les niego que lo de Haití me golpeó duro, otra vez. Millones de almas que apenas sobreviven con todo tipo de carestías y sin dolientes. De comer, se han comido hasta el cambrón y se han quedado sin recursos. Emigrar es posiblemente la única solución que les queda, aun sabiendo que no serán bien recibidos.

Un terremoto siempre es terrible, pero sumarle a eso que el país no cuenta con instituciones, ni parlamento, ni jueces, ni hospitales, ni presidente, es como para morirse. Es el peor escenario posible. Para colmo, todavía quedan escombros del sismo anterior, más de una década atrás.

La situación del mundo no es la misma que en 2010, cuando ocurrió el primer terremoto que todos recordamos. Yo trabajaba en una cuarta planta y me faltaron pies para bajar a toda carrera la escalera. Recuerdo haber orado con mis hijas esa noche pidiendo misericordia divina sobre la isla. También aportamos anónimamente junto a miles de dominicanos movidos por la situación y la compasión por nuestros vecinos.

Lo que pasó con todo el dinero que se recolectó en esa ocasión, toda la ayuda que se envió y no llegó a sus legítimos destinatarios, es de los secretos mejor guardados de este siglo. Este terremoto de agosto de 2021, seguido de una tormenta tropical sobre la misma zona con tres días de diferencia para hacer más difícil las labores de búsqueda y rescate, nos hace cuestionar a qué se debe tanta saña de la naturaleza contra esa nación.

Nosotros, como vecinos y como país solidario, llegamos primero con ayuda e insumos imprescindibles. Nadie nos puede tachar de mezquinos, ni de indiferentes. Otros países se sumarán, aunque quizás la cuantía de la donación, o la intención para ayudar no sean similares a la anterior. Otros problemas internos, como bandas criminales, emergen para hacer más retador cualquier esquema de distribución y de seguridad en Haití.

Ante tanta devastación y tragedia, no conozco a nadie que no haya cerrado los ojos y levantado las manos clamando a Dios por misericordia. No conozco a nadie indiferente ante un drama humano que no puede esconderse y que empeora cada día. Haití merece mejor suerte y dolientes que le ayuden a levantarse sin ponerle otras trabas en el camino.

Si mañana nos tocara a nosotros, si la tierra se moviera bajo nuestros pies y viéramos perder en un segundo el techo de nuestros hijos, lo que nos tocó años construir, ¿quién nos ayudará a levantarnos?, ¿quién vendrá en nuestro auxilio? Son preguntas que rondan en mi cabeza y en mi corazón desde lo de Haití. Es un espejo. Es tiempo de ver, de aprender y de ayudar.

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