Cuentos de arbolitos

Armar un arbolito es un acto de amor y hay gente que ama genuinamente la Navidad y todo lo que conlleva
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La Navidad en la que Árbol y Gedeón coincidieron merece una serie de Netflix.

Para los dominicanos, la Navidad llega temprano. En cualquier año “normal” (se entiende que no uno como el 2020), estaríamos saliendo de escolares en el mes de agosto, para caer directo en pascuas, con un aperitivo de Black Friday y Halloween, porque si es fiesta y gastadera, entramos en todas.

El arbolito es la pieza central de la decoración navideña. Sé de familias que los instalan desde octubre (dicen que por presión de los niños) y otros que no los quitan nunca para evitarse la fatiga.

Gracias a la tradición de los arbolitos, hace unos años para la izquierda, muchos de nosotros aprendimos a no andar descalzos después que pisamos dos o tres de esas luces que parecían erizos, o recibimos nuestras primeras lecciones de electricidad cuando nos ponían a probar uno a uno los bombillitos para averiguar dónde estaba “el quemado”. Otros aprendimos la virtud de la paciencia desenredando extensiones y alambrando infinitas ramas.

Armar un arbolito es un acto de amor y hay gente que ama genuinamente la Navidad y todo lo que conlleva. Tengo una amiga que pone tantos adornos, que el árbol cede inevitablemente a la gravedad y hay que “acorarlo”. Me da miedo ir a su baño, no vaya a salir un santaclós bailarín cuando levantas la tapa del inodoro. Yo soy del grupo que la Navidad le provoca estrés y respeto el tema de los arbolitos.

En mi limitada experiencia, por bien que guardes los adornos y las luces, siempre hay que probar, comprobar y comprar para renovar. Aunque solo vayas a meterle “unas ramitas rojas”, se te va un dineral porque justo recordaste que te faltaban cinco mil pesos más en otras cosas no previstas. ¡Es un gancho!

Hace tiempo que delegué en una mano maestra el armado de mi árbol de siete pies de altura que compré en un arranque de romanticismo. En un segundo arranque de romanticismo, al año siguiente, mis hijas y yo decidimos ampliar nuestros corazones y adoptar a Gedeón, nuestro amado perro Cocker con problemas de atención.

No tengo que explicarles que lo ocurrido en la Navidad en la que Árbol y Gedeón coincidieron merece una serie de Netflix. Se odiaron o amaron a muerte, todavía no lo tenemos claro. El punto es que una semana después de instalado, había que rearmarlo cada día porque el desayuno era recoger bolas y adornos del piso. Tiramos la toalla cuando nos dimos cuenta de que, además, a Gedeón, le hacía gracia masticar luces, con tanta suerte que nunca quedó tieso de un corrientazo.

Como enero tardaba en llegar, y el ardor perruno por el árbol no cedía, tomamos la decisión de cercar el árbol con sillas del comedor para intentar preservar las pocas ramas que quedaban. Comíamos de pie para no estar arrastrando muebles y que los vecinos pensaran que estábamos locas. Llegué a pensar en instalar una cerca con alambres de púa, pero desistí porque con la suerte que tenemos, Gedeón también iba a tener aptitudes naturales para el salto y no me quería imaginar el desenlace.

Al otro lado de la ciudad, en casa de mi mamá, el viejo Locky no tiene problemas con el árbol. Su tema es con el nacimiento, y con el niño pequeño al que le hacen tanta gracia. A sus casi 13 años, este chihuahua gigante no. 35, no cede terreno. Desde que montan el belén, se roba al niño y ocupa su espacio entre ovejas y camellos de miniatura. Con una comprensión del tiempo y la ocasión que asombra, el “niño Jesús” aparece mágicamente cuando se llevan el árbol. Locky se declara inocente de todos los cargos.

Afortunadamente, en el resto de las casas de mis familiares cercanos, las mascotas son conscientes, educadas y responden con embeleso y cariño a las luces, los sonidos y hasta los trenes. Además, son fotogénicos, peinados de salón y posan para los álbumes familiares.

No tengo ni qué decir que este año, para resguardo de adornos y de mi paz mental, en mi casa no pusimos arbolito; tenemos una guirnalda gigante hermosamente decorada a partir de los tres pies del suelo, que enmarca la separación de la sala con el comedor. Tampoco hay que aclarar que a Gedeón no lo invitan a ninguna velada navideña en casa de familia, ni a compartir con sus “primitos”. Pero eso es material para otra historia.

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