De vuelta a Moca

El otro día volví a mi Moca natal. Anticipando la experiencia, saboreando desde lejos los olores de la patria chica.
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Para los urbanitas, los chulitos de yuca son una exquisitez cibaeña que saben mejor cuando los hace alguien que tu no conoces y los compras en la calle. Cuando se hacen en tu casa, son igual de buenos, pero pierden el gusto sorpresa.

El otro día volví a Moca, junto con cientos más que, acicateados por la nostalgia, no pudieron sustraerse de un viaje anual que organiza con mucho esmero y mucho gusto la Asociación de Mocanos Residentes en Santo Domingo.

Las expectativas siguen altas después de 28 años de experiencia, porque siempre hay espacio para la sorpresa y un poco más de diversión, aunque la mayoría de los que asisten peinen canas.

Este año me encantó la energía que se sentía desde el autobús y que llegó a lo más alto cuando el sol nos dio con todo cuando arribamos a la calle 3D de Moca, una nueva atracción turística, ubicada frente a un espacio de gran trascendencia histórica, justo sobre el lugar donde ajusticiaron al dictador Lilís un 26 de julio.

La banda municipal de música nos esperaba entonando merengues clásicos y debajo de una carpa, avisté de lejos unos chulitos de yuca que no se daban por nadie y que abrieron el baúl de mis mejores recuerdos.

Para los urbanitas, los chulitos de yuca son una exquisitez cibaeña que saben mejor cuando los hace alguien que tu no conoces y los compras en la calle. Cuando se hacen en tu casa, son igual de buenos, pero pierden el gusto sorpresa.

Abro paréntesis: Cuando estaba embarazada de mi primera hija, me cogió la barriga (eso es una construcción gramatical muy dominicana, me perdonan los que me leen de fuera) con unos dichosos chulitos que los vendían calientitos en el parque de la iglesia del Rosario, en Moca. Era tal el antojo que hacía que mi tía Marianela me los mandara por autobús hacia Santo Domingo, en un paquete envuelto primorosamente, para que no se dieran cuenta del grasoso y oloroso contenido.

Todo iba bien hasta que uno de los primorosos paquetes “se extravió”. El show que armé en la parada de autobuses con ocho meses de embarazo fue épico. Cuando finalmente aparecieron los chulitos, creo que en Nagua tres días más tarde, entonces me negué a comerlos porque ya me había cogido la barrida con otra cosa. Sí, eso pasa. Las mujeres me entienden. Cierro paréntesis.

Parece que 24 años después me había pasado el pique, porque le entré a la bandeja de los chulitos como que no había mañana, ni más nadie en fila. Por mi se acababa el viaje ahí mismo, estaba paga, pero quedaba más.

Partimos caminando, franqueados por la banda de música, hacia la iglesia del Rosario. En el breve trayecto afloraban las historias y las anécdotas. El pueblo no es lo es lo que era y las viejas edificaciones del centro de la ciudad ya no existen, pero perviven en el recuerdo, en la memoria y las risas compartidas.

Entre homenajes, muchísimos abrazos, buena comida y mejor música, fue transcurriendo una tarde maravillosa en el Club Recreativo. El valor de reencontrarte con tus raíces, con los amigos de tus padres y tus abuelos deja un hermoso sabor de boca. Saber que tienes una historia y una familia, saber que tienes un pueblo al que regresar, aunque todo haya cambiado, no tiene precio.

Me gocé mi segundo viaje de retorno como si fuera el primero. No sé si significa que me estoy haciendo mayor, o si finalmente entendí que siempre eres más feliz donde guardas tus mejores recuerdos, chulitos incluidos.

Y tú, ¿tienes un lugar donde regresar?

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