De vuelta al trabajo presencial

Exactamente un año después de asumir el pijama como uniforme, recibí la llamada para reintegrarme. Pasaba del teletrabajo a un esquema combinado
$!De vuelta al trabajo presencial
Sin tutorías, sin experiencia previa y aprendiendo sobre la marcha, nos acostumbramos al “teletrabajo” y a las reuniones virtuales.

Alrededor del 18 de marzo del 2020, a pocos días de declarar la emergencia sanitaria en el país a causa de la pandemia, poco más del 50% de los colaboradores de la entidad donde trabajo recibimos la instrucción de trabajar desde la casa. Los detalles venían después, pero el objetivo era proteger del virus a la mayor cantidad de empleados posibles guardando las distancias y acatando la normativa.

Sin tutorías, sin experiencia previa y aprendiendo sobre la marcha, nos acostumbramos al “teletrabajo” y a las reuniones virtuales, a compartir pantalla, a dar “mute” cuando pasaba la guagüita platanera e hicimos un máster de combinar chaquetas con pantaloncitos de pijama y que no se notara.

En mi caso, no sé en el suyo, sentía que trabajaba dos turnos diarios porque no había forma de “desconectarse” de un trabajo virtual que se acumulaba si hacías una pausa activa o te tomabas 30 minutos de almuerzo. Entre reuniones, había que compartir el tiempo con la familia y con las responsabilidades que la pandemia no permitió delegar.

Ante el avance de las vacunas y en el entendido de que la población inteligente había asumido conciencia sobre los riesgos, muchas empresas tomaron la decisión de reintegrar paulatinamente a sus colaboradores en una apuesta valiente y necesaria.

Y así, exactamente un año después de asumir el pijama como uniforme, recibí la llamada para reintegrarme. Pasaba del teletrabajo a un esquema combinado. Asisto presencialmente dos días de la semana y el resto de los días una compañera utiliza mi oficina en un espacio compartido.

No les niego que la noticia me llenó de ilusión: extrañaba la gente, el frutero de la esquina y el café de la doña. También extrañaba el tener que cambiarme, peinarme y maquillarme por obligación, pero para mi sorpresa, había cosas con las que no contaba durante esos primeros días.

Toda mi ropa de trabajo tenía por lo menos un año más vieja y olía así mismo. Pero eso no era lo peor. Los pantalones se negaban a cooperar. Después de sudar un maratón, terminé pareciendo un embutido de vida alegre. Llena de valor y entregada a lo inevitable, saqué los blusones. Todo va por fuera y por encima de los pantalones hasta tanto pueda rebajar las 20 libras que se sumaron inadvertidamente mientras picaba en casa entre reuniones.

Luego vino el drama de los zapatos. Caí en cuenta que tenía más de un año sin ponerme tacos o calzados cerrados. Lo más “fancy” que vestí en doce meses eran unos crocks originales. El problema no era si los zapatos apretaban (de hecho, casi me produjeron trombos el primer día), es que tienden a despegarse de las suelas y las tiras por el tiempo sin usar. Al cabo de una semana calculé que parte del primer sueldo de regreso al trabajo se iba a ir en la reparadora de calzados.

No puedo decir que no salí durante el año de teletrabajo, pero lo hacía en horas muy especificas y a lugares controlados por lo que casi olvidé mi particular desagrado por los Amets y sus estupideces. Volver al caos del tráfico de la mañana fue como revivir una pesadilla y eso que faltan los colegios. Cuando ellos sumen un millón de carros más, caminaremos en la ciclovía porque no habrá otra forma de avanzar en el tapón.

Y nada, que el proceso de adaptación a mi nueva realidad mixta va avanzando. Me estoy acostumbrando a ver gente y disimular que la conozco cuando la saludo con las mascarillas puestas, pero voy mejorando. Cada vez lo hago mejor.

Estos pocos días de regreso al trabajo presencial me han demostrado que soy un ser esencialmente social, aunque no muy sociable. La idea de trabajar desde la casa tiene sus encantos y muchísimas ventajas, pero al final del día extrañas apagar la computadora, dejar trabajo pendiente y saludar personas en los pasillos, aunque no puedas tocarlas.

Me ha gustado volver. No lo niego.

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