¿Feminista o femenina? Juzgue usted

Creo en el respeto, en la igualdad y en la diversidad. En la discusión que suma y no divide. En la tolerancia, en la solidaridad y en el amor al prójimo. Y, por último, creo que a una mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa, pero a un hombre tampoco.
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Me llamo Himilce Amelia. Soy una creación única de Dios, de mi papá Adriano y de mi mamá Himilce. Madre de dos, hermana de tres y tía de cuatro, esperando ser abuela de muchos.

Me criaron en un pueblo cibaeño con valores de campo, rodeada del amor de mis abuelos y tíos. No hubo un solo día en que no me sintiera amada, simplemente por ser quien era, sin necesidad de probar nada.

Creo en el estudio como la llave que abre las puertas a la independencia y al conocimiento. Nunca hice una tarea por obligación y soy fiel creyente en la disciplina, la del hogar y la de la escuela. Me formaron para que viera a los profesores como padres y con ese mismo nivel de respeto debía tratarlos. Soy hija y nieta de maestros.

Tengo un temperamento fuerte y cuando se me juntan mis apellidos, hasta el demonio tiembla. No me pesa, ni me avergüenza reclamar mis derechos, pero hace tiempo entendí que la forma importa tanto como el fondo cuando lo hago. Dicho lo anterior, puedo argumentar sobre un montón de temas, tengo opinión de casi todo, pero he ganado muchas batallas administrando mis silencios. No me desgasto en escaramuzas.

He trabajado con hombres toda la vida. Apenas supero los cinco pies de altura y nunca me he sentido acosada por ninguno de ellos. Ni cuando he sido jefe, ni cuando he sido supervisada he tenido que exigir respeto, me lo he ganado.

Me encanta que me abran las puertas, que me piropeen y me paguen las cuentas. Pero también disfruto atender a mi pareja, hacerlo sentir querido, admirado y especial. Complacerlo no me humilla, si al final ganamos los dos. No siento ninguna necesidad de pelear o competir por mi espacio en una relación. Y dicho esto, creo en los roles. Ni una empresa, ni un hogar, pueden tener dos jefes.

Soy provida, cristiana practicante y poco tolerante a la política, por lo menos la que se hace aquí. Me convencen los argumentos, la palabra dada y cumplida, no las vallas.

A mis hijas las he educado para la vida con los mismos valores que profeso. Son fuertes, independientes, empáticas y con pensamiento crítico, sabiendo que en el camino encontrarán muchas encrucijadas. Lo bueno de ser de campo es que sabes que cuando siembras limones no cosechas habichuelas. Yo sé lo que he sembrado. Apuesto a mí y creo en ellas.

La discusión de los géneros me parece interesante, pero entiendo que para que el estudiante de estos días comprenda de esas sutilezas, primero tiene que entender que, si rompe una butaca, la paga limpiando el plantel y quedaría debiendo. Y eso no es abuso de autoridad. Posiblemente sea una lección tan importante para su vida como las básicas de matemáticas o lengua. Primero que entienda lo que lee, luego pasamos a lo otro.

Creo en el respeto, en la igualdad y en la diversidad. En la discusión que suma y no divide. En la tolerancia, en la solidaridad y en el amor al prójimo. Y, por último, creo que a una mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa, pero a un hombre tampoco.

No sé (tampoco me importa), si soy femenina o feminista. En lo que usted juzga, disfruto inmensamente ser Mujer. Tan complejo y simple como suena.

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