$!La boda de ella...

De todos los eventos sociales que me correspondió organizar en mis diez años como encargada de banquetes de un importante hotel de esta ciudad, los que más disfrutaba eran las renovaciones de votos y los aniversarios de bodas.

Las razones sobraban para mi beneficio: la novia no era tan exigente con los detalles insignificantes, el novio no lucía tan aburrido y el cortejo era bastante variopinto: una combinación de hijos, nietos, comadres y hermanas de todas las edades.

El menú, muy bien pensado, se elegía tomando en cuenta las diferentes patologías de los invitados, por lo que había que tener opciones para diabéticos, hipertensos e intolerantes al gluten y la lactosa. También unas pechurinas o algo parecido para los más pequeños, lo que usual-mente volvía loco al chef.

Increíblemente, el color de las flores no era tan importante, no había drama por el vestido, ni por el tocado y en cuanto a los zapatos, mientras más cómodos, mejor. Pero fuera de lo anterior, que hacía bastante más sencillo organizar el tinglado, lo más conmovedor y hermoso era atestiguar el amor y la comprensión de una pareja, bastantes años después.

Cuando una pareja decide celebrar diez, veinticinco, cincuenta o sesenta años juntos, como tuve el privilegio de organizar en una única ocasión, es porque el amor lo amerita. Son personas que han vivido de primera mano aquello de “en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad” y no le corrieron al juramento o a las circunstancias.

Muchas de esas parejas testimoniaron haber sobrevivido enfermedades crónicas, separaciones, haber enterrado familiares muy cercanos y sobrepasar una y mil situaciones que pusieron muchas veces en riesgo su compromiso... pero se quedaron para luchar y ganaron. Al final, la fiesta de bodas era una espectacular celebración de una fructífera vida en común, que es el matrimonio, basado en el respeto, mucha comunicación y perdón por toneladas.

En varias ocasiones, tuve oportunidad de hablar con los novios (nunca mejor usada la palabra) para preguntarles las razones de su éxito sostenido. Las respuestas siempre se acompañaban de largas miradas a los ojos. Compartir valores y sentido del humor ayudaba bastante en la crianza de los hijos y para tomar fuertes decisiones en común, me dijo una pareja. Otra me aseguró que en más de 40 años juntos nunca se levantaron la voz, por más caldeado que estuviera el ambiente. Y si discutían, el asunto se zanjaba antes de acostarse, porque el pleito no se llevaba a la cama y eso no era negociable. Por supuesto, la pasión vivida en todas sus etapas, los detalles secretos, compartir aficiones y mantenerse atractivo para la pareja eran tópicos comunes que sumaban y facilitaban los años de convivencia.

Y todo esto viene a mi mente porque hace unos días mi hermana Carmen Tulia y su esposo Daniel decidieron renovar sus votos, frente a Dios y a sus familias, diez años después de haberse dado el “sí” en una unión civil. Y lo hicieron en una sentida celebración eclesiástica donde abundaban curas, familiares, amigos que son familia y compañeros de trabajo que son amigos.

Cuando ambos se casaron, diez años antes, cada uno aportó hijos de relaciones anteriores y ahora comparten una familia que han logrado levantar y mantener unida, precisamente porque cada uno ha puesto mucho de su parte. Sé de primera mano que no ha sido fácil, pero al final del día todo se resume en recordar las razones por las que se enamoraron en primer lugar y mantener las promesas que se han hecho en público y en privado, a pesar de todas las circunstancias.

Mientras las publicaciones de divorcio llenan páginas de periódicos, la esperanza no muere y un matrimonio exitoso es posible, aunque parezca demasiado trabajo. ¡Que viva el amor!

Ilustración: Ramón L. Sandoval

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