Orgullo olímpico

Cada cuatro años estos juegos nos permiten soñar que, desde una media isla del Caribe, jóvenes pueden tocar el Olimpo con las manos a base de talento, velocidad, destreza, fuerza y corazón, haciéndonos olvidar por unos minutos que detrás de la sonrisa y la medalla, hay años de sacrificio y dolor
$!Orgullo olímpico
Quiero felicitar a nuestros atletas olímpicos como se merecen, agradecerles que hayan dado todo por la Patria.

Todavía temblando de la alegría, escribo estas líneas a los pocos minutos de ver en vivo a Marileidy Paulino correr a casi 30 kms. por hora por una medalla olímpica de plata. Una presea que, por más que se anticipara, no dejó de emocionarnos y de llenarnos de orgullo. Con ese triunfo, el segundo en estos juegos, la nativa de Don Gregorio, Nizao, se convierte en la primera atleta dominicana en conseguir dos medallas en unos mismos juegos.

No les niego mi emoción. Estas olimpiadas de Tokio han dejado para el país hermosos momentos para el recuerdo. Atletas jóvenes y veteranos que representan lo más granado del deporte dominicano están dejando una impronta indeleble, compitiendo sin miedo y a puro coraje contra deportistas de prestigio mundial. En béisbol, en voleibol, en campo y pista, en taekwondo, en boxeo, en halterofilia, en gimnasia y en otros deportes menos tradicionales, el nombre de la República Dominicana se pronuncia con respeto gracias a estos héroes.

Desde chica sigo con interés las Olimpiadas. Para mí, los competidores olímpicos representan lo mejor del espíritu humano: la perseverancia, la disciplina, el talento y el enfoque para llegar a lo más alto. Sobrepasando muchísimos obstáculos, dolorosas lesiones, falta de apoyo y un sinfín de imponderables, los deportistas a este nivel demuestran estar hechos con una pasta especial.

En el caso nuestro país, sabemos que la mayoría de ellos son de origen muy, muy pobre. Tienen en el deporte la visa para un sueño que muchas veces se queda en el camino. Pero cuando son capaces de llegar, cuando tienen la oportunidad de sacar el pecho, lo dejan todo por el país, por su familia y por todos nosotros.

Cada cuatro años, miles de atletas, entrenadores, federados y políticos de más de 200 países se dan cita en unos juegos que pretenden superar a los anteriores en vistosidad y gasto. Cada año hay más disciplinas, y cómo no, también mayores complicaciones. Como si la seguridad no fuera ya un problema, a los de Tokio se les sumó una pandemia, convirtiéndolos –con retraso incluido– en los más caros de la historia.

Recuerdo como si fuera ayer las dos carreras por el oro de Felix Sánchez, la plata de Luguelín, el bronce de Luisito Pie, que llenaron de orgullo olímpico mi corazón. Nuestros atletas –hayan ganado medalla o no– han dejado todo lo que tenían en el intento y lo han hecho lo mejor posible por amor a la Patria. Cada uno merece nuestro más sonoro aplauso y todo nuestro respeto.

Para algunos países, las Olimpiadas son un asunto de poder y alta política, intentando imponer su hegemonía y su “sistema” a base de medallas. Quieren marcar distancia y diferencia en base al rigor de su entrenamiento y en la inversión en sus atletas. Lo bueno de esto es que hay un intangible que puede voltear un marcador o cambiar el curso de la historia: el hambre de ganar o la promesa de una casa para su familia, puede ser el factor diferenciador que hace que un atleta que muchas veces tuvo que entrenar descalzo o con el estómago vacío, se cuele en una final y se llene de gloria.

Estos juegos pasarán a la historia precisamente por las historias que nos dejan. Atletas con credenciales de ídolos nos recordaron que son humanos, que sufren la presión en sus cuerpos y en sus mentes y que, a veces, lo más saludable es parar, aunque tengas que hacerlo delante de una audiencia de millones de personas en primetime. Han servido para consagrar a unos y para despedir a otros y para dejarnos importantes lecciones de humanidad y grandeza en el triunfo o en la derrota.

Cada cuatro años estos juegos nos permiten soñar. Soñar que, desde una media isla del Caribe, jóvenes pueden tocar el Olimpo con las manos a base de talento, velocidad, destreza, fuerza y corazón, haciéndonos olvidar por unos minutos que detrás de la sonrisa y la medalla, hay años de sacrificio y dolor. Que la mayoría, por su origen humilde, tienen que engancharse a guardias o a policías para poder asegurar un salario y que, por falta de apoyo, muchos tienen que entrenar en aparatos rotos, en pistas con hoyos, sin un buen seguro médico. Cada uno de ellos es un milagro.

La gloria deportiva, como toda gloria terrena, es efímera. Marileidy lo sabe. Por eso escribió en sus zapatos que su esperanza estaba puesta en Dios y a El daba la gloria. ¡Qué grande eres, muchacha!

Hoy quiero felicitar a nuestros atletas olímpicos como se merecen, agradecerles que hayan dado todo por la Patria y que, por unos breves minutos, nos permitan compartir con ellos la alegría y el orgullo de un sueño cumplido en lo más alto del podio, contra todo pronóstico y frente a lo mejor del mundo.

Citius, Altius, Fortius. ¡Enhorabuena!

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