¡Que comience la pelota!

$!¡Que comience la pelota!
Si ganan mis Águilas cibaeñas, este 2020 puede irse en paz. ¡Vuá al Aguila!

Del presidente Abinader se sabe que es aguilucho, pero no se le conoce como un verdadero fanático de los del patio. De esos que hasta velas prenden en el estadio y lloran y ríen como si no hubiera mañana. Pero no me queda la más mínima duda de que nadie está más interesado que el Presidente de la República en que canten playball en cualquier estadio de la LIDOM, lo más pronto posible.

Nada como la pelota para que una buena parte de la población migre su atención y sus desvelos detrás de su equipo favorito, dejando de pensar en apagones, en los interminables días del toque de queda y en los interminables traspiés de esta administración, en un gobierno que no llega a cien días.

En el colectivo cunde la impresión de que el gobierno ha tardado en arrancar, que hay muchos baches y muchas contradicciones. Se esperaba, por supuesto, un tiempo de ajuste, pero lo que aparenta es que no hay una dirección cierta, un camino franco por el que seguir.

Hace ya algunos años publiqué en este mismo espacio un escrito que titulé “El coro de la vida”. Básicamente narraba mis observaciones desde la última fila del coro de mi iglesia, lugar al que me envió el director una vez constató que mis dotes vocales no eran muy buenas. Desde mi lugar privilegiado, y gracias al poco uso que me daban, pude darme cuenta de cómo funcionaba un coro y cuál es el rol del director.

Publicado el escrito, mucha gente vio connotaciones políticas, ideológicas y hasta psicológicas. Yo les juro que solo hablaba del coro de la iglesia en la que me congrego, sin segundas intenciones, pero mirando hacia atrás, lo que aprendí desde mi observación empírica tenía mucho de razón.

Un coro de voces necesita dirección. Y que se haga y se respete lo que diga el director. Si no es así, comienza a escucharse fuera de tono, de armonía y de tiempo.

En el caso que nos ocupa, parece que este gobierno tiene que asistir a clases de música, por lo menos. No podemos tener al presidente dando la cara porque sobran los voceros y nadie dice nada. Ni hablando de ética cuando, a pesar del poco tiempo en el poder, le estallan los manejos poco santos de sus propios funcionarios.

¡Peor aún! No podemos permitir que pongan al presidente a pasar vergüenza porque alguien no hizo su tarea. Los funcionarios están para que su presidente brille, para sumar éxitos, no para mantenerlo en un desasosiego constante de escándalo en escándalo y por pretender colgarse medallitas ajenas, pecando de ingenuos al desconocer el alcance de las redes sociales y todo lo que se encuentra en internet.

Todos los días aparece alguien del gobierno hablando del “desorden” que encontraron. Soy de la opinión que, después de casi dos décadas en la oposición, alguien debió haberlo previsto. Nadie me preguntó, pero yo lo sabía. La excusa cansa.

¿Que nadie previó una pandemia? Lo reconozco. Es un gobierno que tuvo que estrenarse con el peor escenario posible, pero el pueblo le dio carta blanca y un voto de confianza. Cuando comenzaron los resabios fue cuando se hicieron evidentes las contradicciones, los anuncios que se recogen el mismo día, los voceros que se desdicen y los funcionarios que no entienden cuál es su función.

Los dominicanos, en general, queremos que el presidente Abinader salga bien y que haga el mejor gobierno que pueda hacer dadas las circunstancias. Si él lo hace bien, ganamos todos, pero la tarea es demasiado grande para que pueda hacerla solo.

El presidente necesita el respiro que puede darle la temporada de pelota para reorganizar las tropas, para establecer la línea de mando, para salir de un par de gentes con agendas propias y para cumplir con lo que prometió. Si logra hacer eso, y si ganan mis Águilas cibaeñas, este 2020 puede irse en paz. ¡Vuá al Aguila!

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