Salvemos el turismo

Ojalá que la improvisación de unos meses no destruya la inversión, la visión y esfuerzo de décadas
$!Salvemos el turismo
Mi preocupación es el turismo, la industria que exportamos, la que genera sonrisas, divisas e inversiones, la que mejor sabemos hacer.

Quizás ustedes no sabían esto de mí, pero la hotelería es mi primera profesión, mi primera pasión y fue, por muchos años, mi primer empleo. Me gradué de Administración Hotelera en la década de los 90 cuando el turismo local despuntaba, requiriendo de personal capacitado para las diferentes áreas de la industria. Yo me especialicé en operaciones de alimentos y bebidas y trabajé en esa rama cerca de 20 años.

Levanté a mis dos hijas trabajando un promedio de 12 horas diarias y amé cada minuto. Pasadas casi dos décadas, tuve la oportunidad de cambiar de carrera, pero no niego que de vez en cuando extraño la adrenalina, aunque no el cansancio y los pies hinchados.

La hotelería no es una profesión, es un estilo de vida. Exige todo de ti. No tiene horario, ni días de fiesta, ni se lleva bien con la vida familiar. Les puedo asegurar que nadie puede trabajar tantas horas, con una sonrisa en la cara, si no le gustara lo que hace. Es verdad que muchos comienzan por necesidad, pero a la postre terminan amando el asunto.

Cuando el coronavirus puso al mundo de rodillas, se llevó entre las patas a las industrias de servicio, entre muchas otras. Con el cierre de los espacios aéreos y las fronteras, el turismo recibió una estocada mortal.

Nosotros no fuimos la excepción. Con una economía tan dependiente y vulnerable como la nuestra, las presiones para la apertura hacia el exterior fueron terribles. El gobierno cedió y comenzamos a recibir turistas, pero no en cantidades suficientes para que los hoteles, y todo el conglomerado de empresas y suplidores que gravitan alrededor, trabajaran sobre el punto de equilibrio.

Para dinamizar la economía y porque los turistas están tardando, al nuevo ministro de turismo se le ocurre la idea de generar turismo interno en base a tarifas bajas. Creo que los hoteleros también cedieron a la presión, pero en el fondo saben que esas medidas no son económicamente sostenibles en el tiempo.

A los operadores hoteleros, mucho menos a los cientos de miles de empleos que dependen de ellos, no se les puede pedir que esperen más, que tengan paciencia. Pero tampoco se les puede pedir que abran para perder.

Lamentablemente, y en la generalidad de los casos, el dominicano no es un turista consciente, ni respetuoso de las reglas cuando está en su país. Que no nos gusta que se sepa, o que salga en fotos de revista, es otra cosa. Pero es la verdad.

El otro día se compartía por las redes un video de una señora que pretendía llevarse medio hotel para su casa, porque ella entendía que estaba “todo incluido”. Le descubrieron bebidas para dos bares, comida preparada en fundas plásticas, sábanas, toallas, vasos, copas, papel de baño... ¡de casualidad no se llevó un camarero en la maleta! Que son comportamientos extremos, lo acepto. Pero pasa más frecuentemente de lo que pensamos. La “pérdida” que constituye ese comportamiento no se asume en una tarifa especial de US$50 por persona.

¿Ustedes saben los “tajalanes” con barba y bigote que pretenden pasar por niños menores de doce años, porque generalmente están exonerados de pago? A mí no me lo contaron, yo lo he vivido.

Hace poco pretendimos horrorizarnos ante la visual de una piscina abarrotada y cientos de turistas locales disfrutando sin guardar ningún tipo de protocolo. No entiendo el asombro. Al dominicano promedio le gusta escuchar bachata a todo volumen, con un trago “a cuarta” y la doña cerca. Es nuestra cultura y nos la llevamos a la playa.

Sé que los hoteleros tomarán medidas y pagarán multas. Sé que muchos locales aprovecharán los especiales mientras duren y sé que el gobierno pretenderá engancharse una medalla y llenar las redes de fotos por su gran idea. Nada de eso me quita el sueño.

Mi preocupación es el turismo, la industria que exportamos, la que genera sonrisas, divisas e inversiones, la que mejor sabemos hacer. Mi preocupación es nuestra imagen internacional, y que esos trabajos que se perdieron, que no dependen del partido ni del gobierno de turno, puedan recuperarse. Ojalá que la improvisación de unos meses no destruya la inversión, la visión y esfuerzo de décadas. Pongamos de nuestra parte. Salvemos el turismo.

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