Treinta años después

Nadie se fijó en canas ni en chichos. Las caras, a nuestros ojos, eran las mismas. No había tiempo que perder para ponernos al día.
$!Treinta años después
Había compañeros a los que no había visto en más de 30 años, rogando al Altísimo que el Alzheimer no me jugara una mala pasada y confundiera nombres con caras o peor, ¡ni los recordara!

Estos meses de verano se prestan para celebraciones inolvidables. Los hijos y nietos se gradúan de colegios, escuelas y universidades, pero también los padres y abuelos disfrutan lo suyo con aniversarios muy especiales y encuentros con amigos entrañables.

Ese fue el caso de la promoción “Vivencias y Desafíos”, del Colegio De La Salle en Santiago, que celebró con mucha alegría 30 años de graduados de bachillerato. Unas semanas antes, mi madre se perdió de celebrar, por causas de salud, los 50 años de su promoción del Colegio Santo Domingo.

Con meses de anticipación, un grupo de entusiastas dedicaron horas a localizar a docenas de personas, muchas de las cuales residen desde hace décadas fuera del país, para motivarlos a participar. Por supuesto, cada reunión de calentamiento era una fiesta en sí misma, por lo que hubo pocas quejas por el tiempo invertido.

Se crearon grupos cibernéticos para dar apoyo a la convocatoria. En el ínterin, pequeños encuentros y anécdotas archivadas en la memoria del cariño salían a la luz. Las risas se amontonaban, mientras planificaban las actividades y cuadraban el presupuesto.

Por supuesto, todos los convocados somos adultos con responsabilidades: trabajos, hijos, hipotecas, deudas varias, pero la posibilidad de reencontrarnos era imposible de evadir. En mi caso, había compañeros a los que no había visto en más de 30 años, rogando al Altísimo que el Alzheimer no me jugara una mala pasada y confundiera nombres con caras o peor, ¡ni los recordara!

Debo confesar que siempre me emociona la actitud de los compañeros que viven fuera de país. Son los primeros en confirmar, los primeros en llegar (algunos dejando mil problemas atrás), pero con un deseo inmenso de “estar”, como si estando presentes pudieran borrar tantos años de ausencia que la tecnología hace más soportable. Su alegría es contagiosa y a veces su nostalgia también.

Y así, después de mil doscientos mensajes, fotos, videos y mensajes de voz, llegó el gran día. Todos los caminos conducían a Santiago “por la pista”. Con música a todo volumen y melena al aire, anticipaba contenta un reencuentro que había tardado cinco años en concretarse.

Un compañero nos cedió la que fuera su casa familiar y, en el tiempo preciso y con un día glorioso, todo estaba listo para recibirnos. Iniciamos la jornada dando gracias a Dios, recordando a los compañeros que físicamente no están con nosotros. Siguieron las anécdotas, las declaraciones y las aclaraciones pertinentes y de lugar con treinta años de atraso.

Nadie se fijó en canas ni en chichos. Las caras, a nuestros ojos, eran las mismas. No había tiempo que perder para ponernos al día. Entre varias sorpresas agradables en el karaoke y los merengues de los 80, nos dimos cuenta de que manteníamos un espíritu joven y que el buen bailador, de casta cibaeña, no baraja pista.

Las horas pasaban sin sentirlas mientras los recuerdos brotaban solos: los pleitos “casados” en el recreo que se resolvían a la salida del colegio, los amores de bachillerato que parecían que durarían “hasta que la muerte nos separe” y no pasaron de curso, los papelitos con mensajes que se adelantaron al whatssap y todavía nos ponen coloradas. ¿Quién sabe si alguno se atrevió a decir lo que llevaba en su pecho guardado por más de tres décadas?

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