Veinticinco mil días

Mi padre vivió bajo la filosofía de los 25,000 días, que es más o menos el número que se obtiene al multiplicar 70 años por 365
$!Veinticinco mil días
Para mí, como hija, lo más impresionante ha sido conversar con mucha gente y constatar que nadie recibió un trato diferente de mi padre.

A raíz del fallecimiento de mi padre, Adriano Miguel Tejada, nuestra familia ha recibido tantas muestras de cariño y respeto que nos faltarían varias vidas para agradecerlas todas. Acercándose el primer año de su partida hemos asistido a varias actividades organizadas en su honor, donde hemos sido testigos de los afectos que cosechó y las vidas que tocó en su fructífero paso por esta tierra.

Mi padre vivió bajo la filosofía de los 25,000 días, que es más o menos el número que se obtiene al multiplicar 70 años por 365. Básicamente entendía que Dios te regala 25 mil días para que los vivas bajo tu absoluta responsabilidad. Como tus días sobre la tierra son contados, tienes que saber exactamente cómo los vas a utilizar, con quién los compartes y a quién le permites que te los dañe.

Evidentemente no todos los días serán buenos, pero parte de tu responsabilidad es asumirlos y cambiar el rumbo, tomar decisiones y aprender de la experiencia.

Hablaba también de que la felicidad, como quiera que se entienda, es un ratico. Es una brisa que pasa, que te alivia y te sonríe, pero que generalmente no dura por sí misma. Vivir para buscar la felicidad puede que sea un esfuerzo inútil. Cuando llega, muchas veces no la andabas buscando. Lo mejor es mantener una actitud que te permita reconocerla, recibirla y disfrutarla en su brevedad.

Como eres el único dueño de tu regalo, puedes dedicar muchos de esos días a servir a otros, a tocar vidas, a sembrar en terreno fértil. Mi padre fue un apasionado del servicio en acción. Educaba para transformar la sociedad desde las aulas, informaba para transformar la sociedad desde el conocimiento y siempre que podía, estaba presente, se involucraba, aportaba ideas, conciliaba, disentía con respeto y olvidaba injurias.

No era un hombre perfecto, pero trataba de compensar sus faltas con los evidentes talentos que recibió para que, al final de sus 25,000 días, el balance fuera positivo. Y parece que fue así al tenor de los testimonios que hemos escuchado.

Para mí, como hija, lo más impresionante ha sido conversar con mucha gente y constatar que nadie recibió un trato diferente de mi padre. Hemos escuchado las mismas palabras de pésame de parte de jefes de Estado pasados y presentes y del humilde joven que le empacaba las compras del supermercado, que recordaba con cariño las veces que le preguntaba por su familia y si seguía estudiando.

O de las monjitas del asilo de ancianos, o de los miembros de diferentes Academias, o de los mocanos residentes aquí o allá. De sus alumnos de la universidad, de sus colegas periodistas o profesores, de los miembros de las Altas Cortes, de sus colaboradores cercanos, de gente que ayudó sin decir a nadie, ni pasar facturas.

Constatar que al momento de su fallecimiento conservaba los mismos amigos de su niñez y juventud y que tuvieron múltiples oportunidades de disfrutar tiempo de calidad recordando esos años felices en Moca que el tiempo no borró, aunque la memoria fallara por momentos.

Su ausencia física ha sido sentida y notoria. Sé que estuviera siguiendo con especial interés la crisis haitiana, los casos de corrupción, los temas de geopolítica mundial que le apasionaban. Sé que estuviera escribiendo e investigando. Viendo sus juegos de pelota o fútbol por televisión o armando un viaje que haya quedado pendiente. Sé que estuviera muy pendiente de sus nietos, del progreso de Enrique Munir en el béisbol, de los chismes familiares y organizando la cena de Navidad, que también es mi cumpleaños.

Lo más impresionante ha sido constatar que la gente se multiplica cuando da a otros. Que la mejor herencia que un hijo puede recibir son los valores de una vida vivida con coherencia. Vivir de manera tal que tu vida valga la pena y que tu legado no muera con tu desaparición física.

Agradecemos de corazón todos los homenajes recibidos en vida y muerte de mi padre. Atesoramos todas las muestras de cariño y testimonios. Hemos llorado y hemos reído, pero, sobre todo, hemos agradecido al Señor por los 26,280 días que le regaló y que nos permitió disfrutarlo.

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