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“La mayoría de la gente que puede ser feliz no lo sabe”

Nos aventuramos en una entrevista conmovedora, que no se debe confundir con lástima. Sucedió de todo, menos lo que tenía planeado. Eso no importa cuando el final es feliz. Esperamos que ustedes puedan disfrutar como lo hicimos nosotros con esta nueva puesta en escena de Olivia y Eugenio, que promete sorprendernos, tocar nuestros corazones y sacarnos del teatro completamente diferentes.

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“La mayoría de la gente que puede ser feliz no lo sabe”

Como tiene fama de ser muy puntual, no quise demorarme ni por un segundo. A nuestra cita, pautada para las once de la mañana, llegué 20 minutos antes. Llámenme exagerada, lo acepto, pero es que el lugar estaba cerca de la oficina, y, para que me esperen, prefiero esperar. Cuando llegó, pasaban unos 10 minutos de la hora; tuvo un inconveniente con su vehículo y ya sabemos cómo es el tránsito en Santo Domingo. Nos saludamos, se excusó y pedimos ambas agua para tomar [ella con gas; yo, natural]. Y todo transcurrió así: como no lo teníamos planeado.

Se supone que l@s periodistas tenemos un “libreto” para conducir la entrevista. No fue el caso. En el instante mismo en que nos sentamos a conversar, ambas quedamos atrapadas y desarmadas por el encanto de Olivia y Eugenio, la obra en la que se embarca junto a Carlos Espinal [director] y José Ricardo Gil Ostreicher [cariñosamente Jochy] y que se estrena el próximo 1 de octubre en el Teatro Nacional.

Nunca imaginamos que durante los siguientes 50 minutos de charla, reiríamos y lloraríamos para hablar de esta apuesta en escena, de la cual quedó prendada desde que la vio por primera vez en España, interpretada por la veterana actriz española Concha Velasco. “Yo no sabía, cuando iba a ver la obra, de qué se trataba. Lo que pasa es que Concha, hace tres años más o menos, tuvo que dejar un papel que estaba haciendo porque tenía cáncer. Salió muy bien de su tratamiento. Se recuperó. Y cuando volvió a las tablas le habían propuesto esta obra. Ella no estaba segura de hacerla. No sabía si le convenía. Pero al parecer sus amigos la convencieron de que se trataba de un reto y aceptó. Definitivamente, fue una excelente elección. Tanto escogerla a ella como la obra. Pero yo había ido a verla a ella”.

Cuando llegó junto a su esposo al Teatro de Bellas Artes de Madrid, que fue el lugar en donde se presentó la obra durante mucho tiempo –después de estrenar en Zaragoza–, y se dio cuenta de lo que tenía de frente, se apasionó. Allí la gente se divertía, aprendía. “Era una gran enseñanza. Una lección de amor, como dicen ellos”, reflexiona. Cecilia tenía sus ojos fijos en Concha, quien tenía que interpretar un personaje que, al igual que ella, sufría de cáncer. ¿La diferencia? Ella, Olivia, decidió no seguir ningún tipo de tratamiento: no le interesó luchar. Su hijo vivía con ella [era viuda]. Tenía Síndrome de Down. “Cuando yo vi que llegó a escena ese chico tenía Síndrome de Down real, el manejo de ella y este chico, como se trataba esta obra, el texto, pues todavía me apasionó más”. Y Cecilia García no es una mujer de bromas. Aquello iba en serio. Tanto, que le cambió los planes completamente. Era el clásico Quién le teme a Virginia Woolf que tenía en planes para volver a los escenarios. Pero después de haber visto ‘esto’, no sintió más interés por ninguna otra cosa. Llamó inmediatamente a Carlos desde España y le dijo: “olvídate de Virginia Woolf. Comunícate con el autor [el peruano Herbert Morote] y pídele los derechos, que hay que hacer esta obra”.

¿Un gran reto? Más que eso

“Siempre es un reto lo que uno hace”, me aclara la actriz. Aún no hemos tocado el agua, servida en copas. Está muy concentrada y quiere que me quede claro que lo especial de esta puesta escénica es el tema de la inclusión. Vamos por partes: “Esto no es una obra sobre Síndrome de Down, ni se hace una propaganda para que la gente afín se identifique con uno y haga cuatro cosas. ¡No, no! Esto es la historia de una mujer con una problemática fundamental, en la que ella narra su vida desde que este chico nace... y desde antes”.

Por un momento siento que se trata de Olivia. Pierde su mirada en algún punto del restaurante donde estamos y me recrea la escena, con diálogos: “la intención de esta señora es cometer el suicidio. Pero no tiene con quien dejar a este niño. Y dice: “no lo voy a mandar a una institución. No le creo a nadie. No me interesa tener un banco como albacea, ni abogados. No le tengo confianza a nadie. Yo me lo llevo. Con nadie más va a estar mejor que conmigo en la eternidad”.

José Ricardo Gil Ostreicher debuta como actor. Para conseguir este papel pasó por un casting junto a otros dos jóvenes más. Cecilia dice que tuvo un ‘click’ especial con él. Igual, tuvo que pasar la prueba. “Él es actor. Ese es el punto que nosotros queremos señalar. Nosotros no solo presentamos a un chico con Síndrome de Down. No. Vamos a llevar a un actor. Y a él lo catalogamos y lo consideramos, y sale de un casting por sus talentos: él baila, pinta, actúa. Mi Eugenio es fantástico”, aclara.

Según nos comenta Cecilia García, es la primera vez en la vida del teatro a nivel mundial que se presenta una persona con Síndrome de Down. Se han hecho películas, documentales, programas, pero todos grabados. Es la primera vez que la exposición se hace en vivo. Es un riesgo. García es consciente. Pero es ahí donde interviene el trabajo del director y por supuesto, de su compañera.

Han tomado las precauciones con textos extras para que la obra no sufra y el público entienda perfectamente. De su lado, me comenta que Jochy es muy disciplinado, “como ojalá lo fueran todos los actores”. Tiene una memoria prodigiosa. De hecho, su trabajo es con su memoria y el contacto con Cecilia es con su sensibilidad: “Esa combinación no puede fallar”.

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Infografía

¿Quién es feliz?

Esta es una de las preguntas que se plantea el autor. Ante tantas propuestas de felicidad que plantea la sociedad, tan excluyente y exclusiva, a veces no hay espacio para todo. Cuando habla de su experiencia con personas con Síndrome de Down, la emoción le abraza y se expresa fascinada: “Ellos tienen una memoria prodigiosa. Pero lo mejor, es su corazón, el alma, el sentimiento. Son niños tan buenos, tan nobles. Son unos ángeles. Yo me digo: ‘Dios mío, si el mundo estuviera lleno de sensibilidad, de honestidad, como la de estos niños tan especiales, no hubiera problemas en el mundo’”.

Entonces, ¿quién es feliz?

“Ellos son felices... de hecho, mucha gente es feliz y no lo sabe. Yo diría que la mayoría de la gente que puede ser feliz, no lo sabe. Porque se empeñan en cosas tan vanas, tan circunstanciales, que tienen tan poco valor...”

Hablemos de la obra. ¿Está Olivia depresiva? “No lo está. Está triste, angustiada”. Cecilia se vuelve a meter en el personaje: “a mí no me importa el dolor. Es que no tengo con quien dejarte, es que no te puedo dejar solo. No... Se va conmigo”. La historia es que ella prefiere, por amor, llevarse a su hijo con ella.

¿Hacia dónde van las críticas?

Van hacia la sociedad, hacia las instituciones que no son generalmente confiables, muchas de ellas. A la integración de la familia que a veces no es tal, y nadie quiere tomar las riendas. “Si aquí estuviéramos educados para que esto fuera normal”. En esta reflexión, García está muy concentrada. Yo también. Nos hemos olvidado del tiempo, y la conversación se vuelve cada vez más íntima: “Te voy a regalar una frase que dice la obra: Cuando se hace la pregunta sobre quién es normal, al final dice: ‘y los terroristas, ¿son normales? Esa gente que mata a niños, a mujeres y ancianos inocentes. Ya quisiera la madre de un terrorista haber tenido un hijo como tú”.

“Fui feliz y fuiste feliz desde el primer momento en que llegaste, dice [refiriéndose a Olivia). Ella narra cómo fue la no aceptación, lo que ella tuvo que sufrir, lo que ella tuvo que...” aquí se quiebra, y volviendo en sí, con una sonrisa nublada por las lágrimas, con voz entrecortada me espeta: “¡no te lo puedo contar!” No hay remedio, estamos llorando las dos. Sin embargo, me anima: “no importa, eso es lo bueno. Si vas a ver la obra vas a reírte muchísimo y vas a aprender una serie de cosas... cosas que nosotros aprendemos todos los días con él”. Hace una pausa y me culpa dulcemente: “me hiciste llorar”. No se confundan, no se trata de que está muy adentrada al personaje. Cecilia me deja claro que esto que le sucedió conmigo no le puede suceder sobre el escenario. Olivia no puede llorar: “a ella se le secaron las lágrimas”.

Me comenta sobre lo difícil que es hacer la producción y ser la actriz porque que se tiene que dividir en dos personas. Le pregunto si eso la reprime. Me contesta que no, que la cansa: “meterse en el personaje no es cuestión de dos horas, es todo un proceso porque sino parecerá que lo que estoy diciendo no es verdad”.

Tomamos un respiro y, al fin, un sorbo del agua. Cambiamos de tema. Ahora hablamos de Carlos Espinal, su fiel compañero de retos teatrales. Les une, por encima de todo, una muy bonita amistad: “Carlos es la cosa más hermosa. Es tierno, bueno, noble, excelente actor y director también. Y sobre todo amigo, sobre todo compañero. Es un hombre que no tiene envidias, que cuida mucho a sus actores, cosa muy rara. Aquí los directores, no todos, pero en su mayoría, no cuidan a sus actores. No los cuidan, no los quieren. O sea, son como si fueran fichas”.

Justo llega Carlos Espinal y aquello fue de risa. Contamos un par de anécdotas de nuestra conversación y luego seguimos hablando de la obra. Tienen el Teatro Nacional reservado por varias semanas. Exclusivamente en su boletería venderán las entradas. El público dictará cuándo se cierran las funciones.

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