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VIDEO | Larraín y Guzmán: dos voces sobre un mismo tema

La dictadura y la opresión que proviene de ésta han sido temas vitales a retratar en el cine latinoamericano. En los últimos 15 años se pudiera considerar incluso una especie de subgénero los filmes de latinoamérica que narran la vida de la infancia durante la dictadura. Por ejemplo: El año en que mis padres se fueron de vacaciones [Cao Hamburger, Brasil, 2006]; Princesas Rojas [Laura Astorga, Costa Rica, 2013] e Infancia Clandestina [Benjamin Ávila, Argentina, 2011], por nombrar algunas. Por esta razón no es una sorpresa que dos de los principales cineastas del cine chileno contemporáneo retraten, de alguna forma, la dictadura y la opresión sufrida en su país.

Ambos directores, Pablo Larraín y Patricio Guzmán, reflejan la dictadura de su país a través de una trilogía [la de Larraín ya terminada con “No” en 2012; la de Guzmán apenas por su segunda entrega con “El Botón de Nácar”]. Larraín, con excepción de “No”, hace un retrato más oscuros, más rencoroso y más crudo con películas como “Tony Manero” y “Post-Mortem”, mientras que Guzmán apuesta a una belleza poética extraordinaria en sus dos documentales “Nostalgia por la luz” y “El Botón de Nácar”.

Mientras que Larraín retrata la crudeza de la dictadura y la especulación del futuro no brindará nada bueno, Guzmán busca a través de su arte encontrar la capacidad de sanar esos males que pululan posterior a una dictadura. Aunque Larraín concluye su denominada “trilogía de Pinochet” con un vistazo placentero de que “la alegría ya viene” en “No” [la película incluso parece una contradicción del discurso del director cuando el personaje interpretado por Gael García destaca que el cambio no se promueve con terror y miedo sino con alegría] su retrato oscuro de la humanidad se retoma en “El Club”, donde apunta a otro tipo de dictadura/opresión: el de la iglesia.

Guzmán, por su lado, convierte en poesía y paralelismo la búsqueda de la vida en el espacio, en comparación con la búsqueda de las víctimas de la dictadura en el desierto en “Nostalgia por la luz”; mientras que en “El botón de nácar” el director destaca que “se dice que el agua tiene memoria, yo creo que también tiene voz”, haciendo alusión a lo extraordinario de la geografía chilena y a la opresión que ha existido en tan hermoso país.

Ambos puntos de vistas son válidos y necesarios. Uno con su cine busca destacar, vengar e incluso guardar rencor frente a las opresiones que continúan existiendo en el mundo, mientras que el otro busca el posible poder de curar que tiene la poesía visual. Ambos retratos son perfectos para nunca olvidar lo que sucedió y ambos ejemplos sirven para recordar que, a diferencia de los demás países latinoamericanos, el cine dominicano no ha sabido retratar de ninguna forma eso que nos une como pueblo latino: la dictadura.

El Botón de Nácar y El Club se presentan actualmente en la Muestra Internacional de Cine de Santo Domingo.

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