×
Compartir
Secciones
Última Hora
Podcasts
Encuestas
Servicios
Plaza Libre
Efemérides
Cumpleaños
RSS
Horóscopos
Juegos
Herramientas
Más
Contáctanos
Sobre Diario Libre
Aviso Legal
Versión Impresa
Redes Sociales
general

¡Ay, los chichos!

Expandir imagen
¡Ay, los chichos!

Estoy más que advertida del movimiento global para mantenerse “fit”. Donde quiera que te mueves hay una mini valla mostrando una mujer con más cuadritos en el abdomen que Silvester Stallone cuando hizo Rocky con el ruso albino.

Tampoco me hago la desentendida cuando quieren venderme “agua en fundita” que rebaja, la posibilidad de un nuevo cuerpo en dos semanas o un aparato que promete ponerte “perfecta” con solo 15 minutos diarios. O una faja que te oculta hasta los pecados...

Todo en el mundo parece conspirar contra los chichos. Esas redondeces de grasa que se acumulan donde es imposible disimularlos y que también están al tanto de la campaña en contra y se resisten. ¡Vaya que resisten!

Los chichos se obtienen por el abuso de las cosas que nos gustan y se ubican justo donde el pantalón aprieta. No quieren pasar desapercibidos y no deben. Llegaron allí por decisión de sus dueñas.

Se tipifican en dos tipos: los que pueden rebajarse y los que se quitan solo con “lipo”. Así es, me refiero al chicho que se ubica en la espalda, a la altura de los riñones. Sé de mujeres que se han “secado” de rebajar y ese par de michelines se mantienen atados a la cintura dando la cara por los que se fueron. Las pobres mujeres que perdieron las ganas de vivir con tanta dieta y ejercicios volvieron a sus viejos pecadillos cuando se dieron cuenta que seguir intentándolo las iba a llevar a la sicosis.

Vamos a ser francas, ¿cuál es el problema con los chichos? ¿Es un problema estético, cultural, de orden publico? Honestamente no lo entiendo. Yo tengo los míos, no me malinterpreten. Y he pasado peleando con ellos lo mismo que con Mariamelia, mi hija mayor. Pero en mi caso, he pasado de la ira, a la negación, a la aceptación. He analizado mis chichos desde todas las perspectivas y he tomado la valiente decisión de dejarlos donde están, respetando su espacio como cualquier sicólogo me aconsejaría.

Los acepto como al resto de mis defectos, como a mi pelo rizado o mi familia con tendencia al melodrama. Por otro lado, tienen su historia. Mis chichos tienen nombres propios de momentos muy personales que provocaron ansiedades y atracones a la media noche. Me han acompañado en las buenas y las malas y me indican, mejor que cualquier báscula, cuándo tengo que parar para no comenzar a tener pensamientos suicidas frente a las mini vallas.

Apoyo radicalmente todo lo que sea saludable. Todo lo que procure alargar mis días con calidad de vida. Pero rechazo, con la misma vehemencia, la presión social que me obliga a aceptar patrones que no necesariamente son los míos. Las dominicanas tenemos una morfología, una cadencia en las caderas que redondea y nos permite caminar en tacos con un movimiento imposible de replicar.

Podemos ser saludables con un chicho a cuestas. Podemos ser felices también. El punto es aceptarlo y aceptarnos. Problema resuelto.

Ilustración: Ramón L. Sandoval