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Los pobres somos nosotros

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Los pobres  somos nosotros

Hace unas semanas visité una comunidad rural cercana a Monte Plata acompañando a varios compañeros de trabajo a realizar un trabajo comunitario. Confieso que hacía mucho tiempo que no visitaba un campo de nuestro país.

Acostumbrada al ruido, a la basura y a la pobreza moral que nos rodea, me monté en el autobús con más sueño que ganas y muy pocas expectativas, en lo que llegamos a un campito sin nombre a quince minutos de la carretera principal. Tan cerca y tan lejos.

Después del verde, lo segundo que noté fue el ruido. Mejor dicho, la falta de este. No habían deliveries, ni radios con dembow a las 9 de la mañana a un volumen desquiciante.

Comenzamos a caminar casa por casa recorriendo un camino de tierra, flanqueados por una familia de patos en perfecta formación. Los patios de grama natural estaban escrupulosamente limpios y en el frente de cada vivienda florecían árboles frutales que nos permitieron “marotear” en confianza. Me comí los primeros limoncillos de la temporada gracias a un muchacho más ágil que Tarzán que se ofreció a bajarnos algunos “del cojollito”, porque son más dulces. No quiso aceptar ninguna propina por el favor. “Son gratis”, nos dijo con una amplia sonrisa.

No hubo una sola casa de las que visitamos donde no nos abrieran la puerta de par en par, nos invitaran a entrar y nos ofrecieron algo para tomar. Era sábado en la mañana y, en la mejor tradición dominicana, se estaba “echando agua” en todos los hogares, cabellos envueltos en el inevitable “tubi”.

Ya cerca del mediodía, una señora ofreció sonriente un plato de un moro de habichuelas verdes recién hecho, porque “donde comen dos comen tres”. Muy solícita nos llevó a conocer a su mamá que vivía a dos casas y su abuela, una señora de 102 años que vivía sola desde que enviudó, a 20 metros de la casa de su hija.

Y ahí encontré a la doñita, sentada en una mecedora, rodeada de fotos familiares y dos o tres cuadros de santos. Olía a polvo talco y a mucho cariño. Vi que tenía una nevera de última generación al lado de su tinaja, que es de donde prefiere tomar agua. “La otra no sabe igual”, me dijo, al tiempo de disculparse porque no haber podido levantarse a barrer el patio. “Me estoy haciendo mayor”, exclamó con algo de pena la señora que excede el siglo de existencia. Pasado el mediodía nos fuimos. Como siempre pasa cuando trabajas en alguna obra voluntaria, regresas con la sensación de que recibiste más de lo que fuiste a compartir.

Ya en casa les cuento a mis hijas sobre la visita con el corazón todavía lleno de gozo. Me escucharon entre atentas y horrorizadas. ¿Había buena cobertura?, preguntó una, quizás pensando que la gente de mi generación creció buscando pokemones. La otra, un poco más sensible, me preguntó si no me dio pena que esas personas fueran “tan pobres”.

Me quedé pasmada. Los economistas y los políticos nos han enseñado a pensar en la pobreza en términos de indicadores, ingresos per cápita y acceso a internet. Lo que yo vi en ese humilde paraje rural de Monte Plata, a pesar de sus evidentes carencias materiales, fueron familias que se cuidaban entre sí, niños corriendo libres y la alegría sincera del dominicano auténtico que creía perdida.

Y en mi apartamento lleno de rejas y lleno de cosas, recordé que mis hijas nunca se han bañado bajo un aguacero, ni probado el agua de tinaja. ¿Cómo explicarles que en casi todas las cosas importantes de la vida, la verdadera riqueza... o la más absoluta pobreza no siempre se mide en porcentajes?

Tuve que decirles que, en este caso, los pobres somos nosotros.

Ilustración: Ramón L. Sandoval