¿Quién le teme a los 40?

Tenía unos 10 años cuando mi madre compartía con amigas una infausta noticia: en cuestión de semanas llegaría a los temidos “ta”. Una época de transición sin lugar a dudas que marcaba el inicio de la decadencia. Las amigas asentían en silencio... un aura de pena y conmiseración rodeaba la sala.
Recuerdo con más detalles cuando yo misma llegué a los 30 y luego a los 40. Ambos días amanecieron frescos y algo soleados, pero no vi nada que anunciara el fin del mundo. Los años siguen pasando, acumulo algunas líneas de expresión y varias líneas de canas recalcitrantes, pero fuera de eso y algunos dolores rarísimos del cuerpo, sigo esperando el gran cambio. Claro, de vez en cuando aparece un calor sospechoso y siento la necesidad imperiosa de dormir ocho horas para resistir el día siguiente, pero eso son minucias... ¿verdad?
No sé si es un asunto de evolución: antes, si no te casabas antes de los 20 te consideraban “jamona”. En la actualidad, después de los 30 es cuando muchas se plantean iniciar una familia, para ampliarla a partir de los 40, cuando muchos otros aspectos de la vida lucen resueltos. Mientras, aparece alguien que dice que los 40 son los nuevos 20, y le crees sin dudar, porque francamente te sientes mejor y te ves mejor. Cuestión de tiempos, supongo.
Muchas de mis amigas más íntimas bordean los 50 y están mejor que nunca. No temen a las arrugas, ni a los tintes, ni a los calores. Total, eso puede arreglarse sin mucho trauma y algo de dinero. Tampoco temen a los cambios porque han asumido que son esenciales para crecer y que siempre son positivos, sin importar el resultado.
Aprecian más la vida y la familia porque saben lo que les ha costado en amor, tiempo, paciencia y sacrificio. Han aprendido con la experiencia vivida que lo que el común de la gente entiende por “valores” no son joyas o propiedades; sencillamente no tienen precio.
Han triunfado en lo personal y lo profesional y han dejado jirones de su vida en el proceso. De cambiar algo, no dudarían colocar a su familia primero. Con los años aquilatan las relaciones en su justo valor y hace rato han caído en cuenta que ganar el mundo no significa nada si nadie comparte junto a ti la alegría, el sufrimiento o el logro.
A finales de los 40, mis amigas lucen más bellas y seguras que nunca. Cuidan su cuerpo, a la vez que crecen en espiritualidad y conocimientos. Reaccionan con pasión, pero con paciencia y se dan cuenta con secreta satisfacción que pueden dominar al mundo con un par de palabras bien dichas o dejando que el silencio hable por ellas... sobre tacones.
Mientras transito con humor la mitad de mi cuarta década, anticipo cada día con alegría y esperanza. Con toda la vitalidad del mundo y disfrutando de una renovada etapa universitaria, veo a mis hijas desarrollarse y vivir sus sueños, inculcándoles con ejemplos que la vida no se disfruta por años cumplidos, sino por momentos. Que la alegría es tan necesaria para vivir como la tristeza y que cada día trae su afán.
Vaya, no sabía que a los cuarenta una se volvía también un poco filósofa...
Ilustración: Ramón L. Sandoval
Himilce A. Tejada
Himilce A. Tejada