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A Don Carlos Morales

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A Don Carlos Morales

Muchísimas veces coincidimos en el gimnasio del hotel donde se hospedaba la comitiva presidencial de República Dominicana en aquellos viajes cargados de múltiples reuniones y desplazamientos interminables. No le importaba que la agenda culminara pasadas las 12 de la noche. Al día siguiente, desafiaba el gélido frío, las altas temperaturas, las fuertes tormentas o el agobiante calor. La inclemencia del tiempo nunca frenó la voluntad de aquel soldado espartano para cumplir con su deber como Ministro de Relaciones Exteriores.

Aquella figura, solía encontrarla caminando por los solitarios pasillos del hotel, enfundado en un sudador azul cuando todavía la gente dormía en aquellas habitaciones de los hoteles, que se tornaban solitarias y vacías.

Don Carlos Morales Troncoso fue un hombre con una férrea disciplina, equilibrado en la manera de ver la vida; sobrio, de proyectos visionarios, familiar, amigo leal, sincero, agradecido, militante de la dominicanidad y prudente en el manejo de los asuntos de Estado. Siempre me comentaba que en este breve tiempo que pasamos en la tierra, se debe tratar de satisfacer lo esencial que necesita un ser humano para vivir, pero especialmente los caprichos sin que con ello se haga daños a los demás.

Cuando su abuelo Manuel de Jesús Troncoso fue designado por el tirano Rafael L. Trujillo Molina presidente de la República, en 1940, Don Carlos Morales estaba naciendo ese año. Como el tío Jesús María Troncoso Sánchez, Don Carlos Morales siguió la trayectoria profesional de éste, de ingeniero químico especializado en la industria azucarera, profesión que culminó en Louisiana State University, en New Orleans. La vocación política y profesional del tío y del abuelo parece haberle despertado a temprana edad las inquietudes sociales y políticas que jamás abandonó hasta su muerte el pasado sábado.

Las conversaciones con él sobre temas de la agenda nacional o internacional en el desayuno se tornaban profundas, apasionantes y extensas; como militante de la política, Don Carlos Morales daba seguimiento a las noticias de los periódicos dominicanos o de política internacional en aquellos viajes oficiales. A pesar de ser un hombre de la era análoga, Don Carlos Morales no se desprendía de un smarphone que le permitía mantenerse comunicado, devolviendo correos electrónicos y leyendo diarios americanos o de América Latina. Pasaba horas con sus ojos escrutadores clavados en el teléfono inteligente, resolviendo situaciones durante largas horas de vuelo; daba la impresión de estar ante un jovencito nativo digital de esta época.

Su lealtad como amigo la tradujo a la política, a los negocios y a toda actividad que emprendiera; contacté en aquellos maratónicos desayunos en su residencia de la avenida Anacaona, en Santo Domingo, donde con agrado y mucha gentileza nos daba la bienvenida en la puerta mensualmente para compartir los alimentos, que eran bendecidos en la mayoría de las veces por monseñor Agripino Núñez Collado.

No borraré de mi memoria la hospitalidad y la alegría con la que Don Carlos Morales abría su casa. Tres periodistas, a veces cuatro; un sacerdote, un general de la Policía y dos políticos pasábamos horas conversando sobre temas nacionales, conociendo detalles de las situaciones del país, que no resolvíamos, pero nos servían para fortificar la amistad que mantenemos la mayoría.

Como gerente formado no solo en las aulas de academias estadounidenses, sino en las prácticas de sus años de ejecutivo en el Central Romana Corporation, Don Carlos Morales, como anfitrión, demostraba gran capacidad para escuchar. En aquellos encuentros, solo intervenía para hacer una breve puntualización en los temas debatidos. Las más de las veces, ponía oídos al parecer de los convidados, para luego sumergirse en el silencio.

En las distintas jornadas por la defensa de la patria y de aquellas en las que se puso a prueba la vocación de servicio con el fin de que el país saliera adelante en escenarios internacionales complejos, fueron momentos en los que Don Carlos Morales nunca vaciló. Con la entereza que caracterizó su personalidad y aferrado a la convicción de que los propósitos de la República estaban por encima de todo, Don Carlos Morales lo asumía con gallardía y dignidad, ya como político, como hombre de Estado o como ciudadano.

Cuando el país se disputaba un puesto directivo en cualquiera de los organismos multilaterales, Don Carlos Morales cumplía una agenda de prolongadas reuniones, contactos, desayunos y conversaciones con líderes mundiales, diplomáticos y homólogos, a los fines de que el país terminara jugando un papel digno. En todo momento demostró gran capacidad de trabajo.

A los funcionarios que se relacionaron con él, dispensaba un trato caballeroso. Cual soldado, luchó por su país, por sus amigos, por su Partido Reformista Social Cristiano, por sus aliados y, más que todo, por su familia que en muchas de sus conversaciones, dejaba notar su amor hacia ella con palabras tiernas. Su esposa, sus cuatro hijas y sus nietos perdieron a un ser extraordinario, y quienes le tratamos perdimos a un gran amigo.