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A.M. - El Sur

El reconocido artista explicaba los programas de formación y proyectos en su pueblo natal. Quería, argumentaba, que los jóvenes no tuvieran que marcharse, que no emigraran a la ciudad. "¿Y usted? ¿Piensa volver a vivir a su pueblo?", le preguntó uno de sus interlocutores. "No, no" -se apresuró a contestar- "Yo no podría vivir allí".

Y como al pintor, a muchos les gustaría que los pueblos no se despoblasen, que la frontera no quedara deshabitada (también los políticos necesitan votantes por allá), que las costas quedaran vírgenes, para poder disfrutarlas en plenitud y soledad en fines de semana. Que otros, no ellos, se quedaran a vivir allá.

Así, al Sur, a la frontera, se le pide que conserve intactos sus recursos naturales, que cultive sus tradiciones, gastronomía y cultura. Que para eso es la puerta de la dominicanidad. Pero no llegan las oportunidades suficientes para que la gente sienta deseos y razones para quedarse. Y se agarran al que les sostiene. Los pueblos del interior languidecen, la vida no resulta tan atractiva como para que la juventud quiera quedarse, el futuro y el progreso emigraron antes. La salud, la educación, la cultura y el ocio, el deporte y los puestos de trabajo no están allá.

El país de las dos velocidades debe esperar a los que vienen rezagados para seguir adelante todos a la vez. Llevar tanta ventaja, a la larga, no es divertido.

IAizpún@diariolibre.com