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A.M. - Saddam

La muerte de Saddam Hussein ha sido criticada en casi todos los rincones del mundo como un hecho inhumano y que sirve a pocos propósitos prácticos. Desde el punto de vista moral, la muerte de un ser humano -y de un animal y de las plantas- en condiciones aterradoras, no tiene justificación ética ni humana.

Pero la muerte de Saddam fue un hecho político que pretendía conseguir objetivos políticos. Se trata de la razón de Estado llevada a sus extremos más polémicos, pero que nunca ha dejado de utilizarse sin importar el signo político que mande en una determinada nación.

Con ella, Estados Unidos envía la señal a los chiíes de que ellos ya son reconocidos como los amos y señores de esa tierra. Estados Unidos lo entregó sabiendo cuál iba a ser su destino. Sus protestas de que no se le matara "pronto" es un reconocimiento implícito de cuál iba a ser su suerte inmediatamente cayera en manos chiíes.

Al mismo tiempo, envía la señal a la resistencia suní, de que no tienen futuro con las armas y de que, a falta de su líder, tienen que buscar un acomodo dentro del nuevo orden. Que lo consigan, es otra cosa, pero ese es el mensaje.

Y, finalmente, la muerte de Saddam le ofrece a la nación invasora la oportunidad de concluir su "misión" en Irak. No en la forma que esperaban, pero tenían que encontrar una salida rápida o los republicanos iban a perder la Casa Blanca y quién sabe qué más.

En política los resultados muchas veces justifican los medios. Sólo el tiempo dirá si la sangre de Saddam era necesaria para purificar a ese país de su horrendo pasado.

atejada@diariolibre.com