Aterrizaje en la ineficacia
Cuando lo privado funciona y lo público-concesionado fracasa
Lo del AILA y Aerodom es el cuento de nunca acabar. Una historia circular, casi tropical, donde cada promesa nace con fecha de inauguración y muere sin haber salido del Power Point. Cabe, perfectamente, aquel refrán cruel pero exacto: árbol que nace torcido nunca su rama endereza. Con el AILA, desde hace tiempo, solo cabe indignación.
Lo curioso —y lo revelador— es que los aeropuertos privados dominicanos sí funcionan. La Romana, el Cibao, Punta Cana: operativos, limpios, modernos, adaptados a su entorno y a sus flujos reales. Nadie llega a ellos con la sensación de haber aterrizado en un pariente pobre del siglo pasado. En cambio, la principal puerta aérea de la capital parece vivir en una adolescencia perpetua. Ni se renueva del todo, ni se deja morir con dignidad.
Ahora el aeropuerto está en manos francesas. Muy europeos, muy Vinci, muy concesión cuestionada. Pero el pasajero que llega al AILA no encuentra ni baños decentes en el área de arribos, y tampoco en salidas. Mientras, tiendas, restaurantes y parqueos crecen como hongos después de la lluvia. Todo lo que genera ingresos directos avanza. Todo lo que mejora la experiencia básica del usuario se queda para "la próxima fase".
La nueva terminal es una promesa con casco blanco desde hace meses. Mucho picazo, mucha foto, mucho render. En la realidad, polvo, calor y paciencia.
El Gobierno debería, en buen dominicano, empantalonarse y poner a estos franceses en cintura. La concesión no es un salvoconducto para administrar mediocridad con acento extranjero. Si no, corremos el riesgo de repetir la vieja historia caribeña de piratas y corsarios venidos de las Galias, esta vez en contratos blindados.
¿Qué escribo por asociación laboral con intereses aeroportuarios? Honi soit qui mal y pense.

Aníbal de Castro