La complejidad de nuestra corrupción
Un punto más en el índice de corrupción, pero el mismo pantano cultural
El informe de Transparencia Internacional vuelve a colocar a la República Dominicana frente a sí misma. Subimos un punto, llegamos a 37 y escalamos al puesto 99. La noticia tiene algo de diploma de consolación. Mejoramos, sí, pero seguimos por debajo del promedio mundial. Sobre todo, atrapados en el pantano de la justicia lenta, sanciones tímidas, expedientes que enmarillecen antes de llegar al juicio de fondo.
El problema dominicano con la corrupción es más complejo que cualquier índice. Aquí la corrupción no siempre se percibe como pecado, sino como herramienta. No se condena por principio sino por conveniencia. Se tolera hasta cierto umbral, y se celebra si el beneficiario "comparte", si es generoso con los suyos, si convierte el botín en fiesta comunitaria. El corrupto, mientras reparta, no es villano sino "un tigre que resuelve".
Acunamos una perversión cultural que conviene decir sin maquillaje: se acepta la corrupción en nombre de la eficiencia. La contradicción es grotesca, porque la corrupción es, por definición, el reino de la ineficiencia. Pero hoy se preferiría a un contratista cuestionable con tal de tener rapidez y obra visible, aunque el costo real se disuelva en sobrevaluaciones y comisiones.
Relativizamos la corrupción cuando se trata de convertir la esfera pública en albergue de sinecuras y empleos falsos. La relativizamos cuando el asistencialismo estatal no pasa de despilfarro con fines electorales. La relativizamos cuando el expediente se convierte en un juego de chicanas legales hasta que llegue, por cansancio, la extinción de la acción penal.
Por eso el índice mide percepción, no resignación. No mide esa peligrosa idea de que "roban, pero hacen". Ni mide la tolerancia social a la trampa cuando beneficia al mío.
Al final, como sentenció editorialmente don Rafael Herrera, todos tenemos nuestro corrupto favorito.

Aníbal de Castro