¿Visa para un sueño?
Cuando el sueño americano se encuentra con el rigor de la ley
El dulce encanto de las visas estadounidenses vuelve a relucir, esta vez con el caso de Melitón Cordero, nombre de catecismo y destino de expediente. Un episodio complejo y revelador. Aquí, más que un permiso de entrada a los Estados Unidos, el visado es un rango.
Tenemos dos categorías de ciudadanos: con y sin visa. Y una tercera, más triste: los que la tuvieron y se la quitaron. A esos no solo les cierran una puerta: los empujan al infierno social. Con el crujir de dientes del que descubre que el prestigio era un sello.
La visa norteamericana es el nuevo salvoconducto. La estampilla que convierte al ciudadano común en alguien "que puede". El pasaporte moral. El diploma de decencia. Vale, aunque solo vaya a Miami a comprar tenis y volver. Importa poder decir: tengo visa.
La visa de paseo no es un imposible. Estados Unidos tiene uno de los procedimientos más expeditos y liberales para otorgarla. El problema nunca ha sido el que viaja y regresa, sino el que no califica. O el que califica, se cree más listo que el sistema y usa la B1/B2 como disfraz para quedarse como residente y trabajar.
Ahí nace la tentación. Ahí comienza la picaresca, el ardid, la triquiñuela, hasta torcer el destino. La realidad es otra: dura y con pocos márgenes para ir más allá de una vida decente de trabajo y esfuerzo. Pero seguimos creyendo que Estados Unidos es tierra donde mana leche y miel y canjeamos la honestidad por la visa de una ilusión.
El sueño americano es generoso, sí, pero también implacable. Las reglas están para cumplirse y no hay espacio para el amaño dominicano. Cuando cae el mazo, hasta los corderos dejan de ser mansos.

Aníbal de Castro