Sin poder y sin cuartos
El papel aguanta todo, incluso a quienes lo dan por muerto
Dicen que el periodismo tradicional agoniza. Que somos fósiles con teclado, veteranos con las circunvoluciones más arrugadas que una pasa al sol. Que el papel sirve mejor para otros menesteres que para suministrar noticias. Que el algoritmo nos enterró sin misa de réquiem, Hora Santa o nueve días.
Y, sin embargo...
Todos quieren verse en el periódico impreso. Todos. El político indignado, el empresario ofendido, el activista inflamado, el abogado que litiga primero en la radio y después en el tribunal. Maldicen a "la prensa tradicional" mientras exigen sus titulares. Desprecian el papel, pero enmarcan la página. Lo llaman obsoleto, pero lo citan como prueba.
La paradoja es obscena: lo prescindible convive con la dependencia. Los medios convencionales -esos que supuestamente nadie lee- han devenido ágora, estrado y tribunal preliminar. Lo que antes pertenecía a expedientes sellados y secretos oficiales hoy se discute en informaciones y columnas de las que se nutre el ecosistema digital. Y cuando el ruido confunde, cuando la sentina digital fabrica verdades instantáneas, ¿a dónde miran? A las viejas cabeceras. A las marcas que sobrevivieron a golpes, censuras y quiebras.
Cuarto poder, nos llamaron. Hoy, dicen, ni tenemos poder ni cuartos. Redacciones reducidas, publicidad en fuga, clics que pagan centavos. Pero la credibilidad -esa moneda escasa- sigue cotizando en nuestras páginas y plataformas digitales, extensión de la prensa escrita que dicen difunta.
Porque entre la avalancha de fake news y la mala fe organizada que se esconde en las cloacas virtuales, alguien tiene que firmar con nombre y apellido y responder.
Nos quieren viejos, pobres y marginados. Pero mientras haya preguntas incómodas, el oficio respira. Scriptum est (escrito está), porque lo impreso comanda autoridad desde el mundo romano y la tradición jurídica europea.
¿Arrugados? Quizá.
¿Responsables? Siempre.
¿Silenciados? Nunca.
Aníbal de Castro