Cambalache
Confusión de valores, cuando la astucia se viste de inteligencia y la desfachatez de valentía
En 1934, Enrique Santos Discépolo escribió Cambalache, ese tango feroz que comienza con una frase que parece escrita para cada época de desconcierto: el mundo fue y será una porquería. Lo dijo en medio de las turbulencias de su tiempo y lo circunscribió al siglo XX. Empero, la sentencia conserva hoy una vigencia inquietante.
Discépolo apartó sus letras de la nostalgia y el despecho como inspiración y describió una sociedad donde las jerarquías morales se desdibujaban y todo terminaba mezclado en el mismo mostrador. Donde el honesto y el pícaro compartían escaparate, y el oportunista desentrañaba siempre el secreto de la prosperidad. Aquella imagen del cambalache —esa tienda donde se amontonan objetos de valor dudoso— era una metáfora exacta, profética.
El diagnóstico sigue siendo reconocible. Basta mirar alrededor para advertir una creciente confusión de valores; impostores elevados a la categoría de referentes; chantajistas profesionales convertidos en comentaristas, y héroes de temporada fabricados a la velocidad con que cambian los titulares.
El problema es la erosión de los criterios que permiten distinguir entre mérito y simulación. En ese clima, la astucia suele confundirse con inteligencia y la desfachatez, con valentía. El ruido sustituye al argumento y la notoriedad reemplaza al prestigio.
La política, naturalmente, no escapa a esa lógica. Abundan los discursos de utilería y las convicciones portátiles, esas que se acomodan según la ocasión. Se invocan valores con solemnidad retórica, pero con demasiada frecuencia terminan convertidos en simples accesorios del momento.
El tango de Discépolo es más bien un espejo fiel que refleja algo esencial, aquí y acullá: cuando una sociedad pierde la capacidad de reconocer lo valioso, todo comienza a parecer equivalente. Un lugar donde lo auténtico y lo falso conviven en un cambalache perfecto: un mundo de porquería.
Aníbal de Castro