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Día Jueves, 19 de Febrero de 2026 Edición 7251.
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El cafecito mañanero, esa tregua cotidiana

El café transforma la prisa en encuentro

Se diluyó en el fin de semana el Día Internacional del Café, sepultada la fecha, además, por la amenaza de temporales. No puedo pasarlo por alto, cuando la semana  inicia con el ruido de las urgencias. Mi rutina, en cambio,  comienza con el susurro de una taza de café. En ese gesto mínimo, casi ritual, se condensa una forma de estar en el mundo. El café mañanero  acompaña y devuelve vida.

Se le ha llamado bebida reconfortante, y lo es. Me fascina, empero, como lenguaje. "¿Nos tomamos un cafecito?" pasa de invitación trivial y muta en promesa de tregua. En torno a esa mesa breve, donde el humo dibuja espirales efímeras, se negocian desacuerdos, se ensayan proyectos, se tantean afectos. El café,  con voz tostada, arbitra. Convoca sin imponer. Permite que el tiempo, por un instante, deje de ser enemigo.

Quizá por eso, cuando clarea y la primera taza se posa entre las manos, se encienden más que los sentidos: se afina la voluntad. El día, con sus avatares, parece más habitable. Hay en el café una pedagogía discreta. Enseña a esperar, a conversar, a escuchar. A decir lo necesario sin aspavientos.

Celebrar el Día Internacional del Café no exige pausa laboral ni retórica grandilocuente. Basta con tomar conciencia. Detenerse —lo justo— y reconocer en ese líquido oscuro un aliado silencioso de la convivencia. No es evasión ni lujo, sí preparación y vínculo.

En un mundo apresurado, el café persiste como un gesto civilizatorio. Nos recuerda que toda prisa puede, y quizá debe, encontrar su contrapunto en una tacita compartida. Porque, al final, más que una bebida, el café es una forma de encuentro.  En el encuentro, por más fugaz que sea,  se vuelve posible empezar de nuevo.

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Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.