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Redes Sociales

Estados Unidos y la violencia

La cultura de las armas y el precio de la impunidad

El episodio en el Washington Hilton Hotel, con el presidente norteamericano y su gabinete como blancos, revive una escena que Estados Unidos conoce demasiado bien. Un recordatorio de que la violencia persiste en el país donde ya atentaron otras dos veces contra Donald Trump. asesinaron a dos Kennedy, a Martin Luther King y a John Lennon.

La pregunta se impone con crudeza: ¿por qué en la principal potencia del mundo se repiten, con inquietante frecuencia, tiroteos indiscriminados en escuelas, teatros o universidades? ¿Qué fractura explica que el espacio público —ese territorio de lo común— esté permanentemente bajo sospecha?

Hay una respuesta evidente. Se trata de una sociedad armada hasta los dientes. La posesión de armas, amparada como derecho constitucional, muta de fenómeno marginal en estructural. No basta, empero, con señalar la disponibilidad del arma; hay que mirar la cultura que la legitima. La violencia ha sido parte del relato fundacional: la frontera, la autodefensa, el individuo que se afirma frente al peligro.

A ese trasfondo se suma una sociedad fragmentada. Polarización política, desigualdad, aislamiento social. El otro ya no es un interlocutor, sino una amenaza potencial. En ese clima, la violencia encuentra cauces.

Europa, con un pasado igualmente convulso, ofrece un contraste revelador. Allí, regulaciones más estrictas, redes sociales más sólidas y una cultura política distinta han contenido la recurrencia de estos episodios. No los eliminan, pero los vuelven excepcionales. En Estados Unidos, en cambio, late una tensión irresuelta entre libertad individual y seguridad colectiva. Esa contradicción paraliza cualquier reforma de fondo.

Lo verdaderamente inquietante es la violencia como parte de la cotidianidad. Al alejarse el terror de la excepcionalidad, la sociedad corre el riesgo de acostumbrarse a él. Esa costumbre, silenciosa y progresiva, pone en juego la conciencia misma de lo intolerable, algo mucho más profundo que la seguridad.


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Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.